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Ernesto Semán
21 11 2004 - 23:21

Ricardo Lagos le suspendió una cena a George W. Bush, defendiendo el derecho de Chile y sus fuerzas policiales y de inteligencia a garantizar la seguridad del presidente norteamericano durante la comida que le organizaron en Santiago.

Aparentemente, el Servicio Secreto pretendía que los 250 invitados pasaran por el detector de metales y revisación norteamericanos. Los chilenos se quejaron, aduciendo primero que de la seguridad en Chile se encargaban ellos, y luego que consideraban un abuso lo del detector de metales para invitados tales como miembros de la Corte Suprema, legisladores, etc.

En criollo, el Servicio Secreto dijo que no le importaba mucho si era gobernador o Papa: o ellos lo revisaban o no entraba.

O no había cena. Efectivamente, no hubo cena, al menos esa. Se cambió por una comida para 20 personas; suponemos que estos sí están liberados del detector de metales, aunque La Tercera de Chile aclara que salvo Lagos y Bush, el resto no puede llevar a sus mujeres.

En la versión pública, el tema llegó hasta Lagos, quien dijo: “Estos son mis invitados” como dando a entender que no permitiría que desconfíen de él.

Hasta acá el evento, que da para un barrido o para un fregado. Lo de la dignidad chilena defendida a rajatabla sonaría bien sino fuera por una variedad de elementos, entre los que se cuentan más recientemente el tratado de libre comercio con Estados Unidos y la notoria desatención de Chile al Mercosur. “Yo te doy todo, no tengo problema en convertir a mi país en una frutería pobre que de paso les sirva para meter una cuña en el Mercosur. Ah, viejo, pero la cena la armo yo, de esa no me bajo.”

Dale Ricardo, es una comida y un par de monos que te tocan en la entrada, not a big deal. Al fin y al cabo, nada me dice que el Servicio Secreto sea peor que los carabineros entrenados por la CIA, salvo por el súbito ataque de defender el Derecho Soberano al Detector de Metales.

Por un lado, es casi comprensible lo de Bush. Si yo tuviera en mis manos la seguridad del tipo, no dejo que nadie se acerque a menos de mil metros de él sin antes toquetearlo todo. Y pensar que ante tamaña responsabilidad, y después de los desarreglos descomunales que los Estados Unidos han hecho en el mundo, van a dejar de revisar a alguien por una cuestión de soberanía, hmmm. Eso, sin contar que entre los invitados de Ricardo hay uno que le vendía armas a Irak y que Bush no quiere ver ni en figurita, en parte porque lo debe conocer: Además, seguro que un chileno dedicado al tráfico de armas y con ventas a Irak está lejos de calificar para el Premio al Estímulo del Desarrollo Comunitario. Yo, si tengo chance, lo reviso antes de que se me acerque.

Por otra parte, la política se ha reducido a los símbolos o, más bien al contrario, su simbología ha ganada aun mayor terreno. Y visto así, no está mal que el Presidente de un país decida de tanto en tanto tomarse las cosas en serio y decirle a otro que no quiere que lo trate como un estropajo. Sobre todo si esos símbolos se apoyan luego en algunas líneas de la política exterior, como fue la conducta ejemplar de los chilenos en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, donde encabezaron valiente y solitariamente la resistencia al intento norteamericano por darle a su intervención militar en Irak la connotación internacionalista, democrática y pacifista que no tenía.

Está claro que esos actos no están dirigidos, precisamente, a mejorar las relaciones con los Estados Unidos ni a ganarse la simpatía de algún poderoso. Y si el gesto le trae a Lagos rédito electoral interno, y eso posterga una vez más el regreso del pinochetismo, pues bienvenido sea.

Lo que me pregunto es el gaste que se hubiera comido Kirchner si hubiera hecho lo mismo en Argentina, de parte de los Morales Solá and company. Que qué chiquilín, que qué país bananero, que cómo se nos ocurre, que qué dirán los mercados.

Que cuántas pavadas se dicen, ¿no?


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