El Surrealismo Italiano
Pagliaccio
Loser Wins
Ultimas obsesiones
La Chica Eki
22
Vivir en el Limbo
Sans camoufler
¡No me gorilee!
El Síndrome Benito
Chau TP
La herencia de Maurice William
Lenin & McCarthy
Diccionario político argentino #5
San Mao
Presente
Creer o reventar
La insatisfacción permanente
Ex-Presidenciable
holy fuck
tp bar
tp shop
about tp
dailies
archivo
el podcast
the south downs
Acá falta algo. Ya va.
Estamos ordenando.
Mientras tanto:
————————
Search still works:
La Inseguridad
Pablo Plotkin
14 10 2006 - 00:57
La disolución de TP coincide con el nacimiento de mi hija, de modo que asisto al funeral del sitio con una inevitable perspectiva de reencarnación, una curva en el ciclo de transformación de la materia que seguro derivará en algún tipo de porvenir venturoso. Al rato me gana el pesimismo y me digo que el cierre de TP es una nueva y penosa derrota. ¿Una derrota de qué, y frente a qué? Podría pensar que es una derrota del análisis disidente frente a la comunicación rutinaria, pero no estoy de ánimo como para atribuirle esa épica a la caída. Si me fijo en mí y en mis pocos aportes textuales a los trabajos prácticos (siempre me costó hacer la tarea), debo decir que la mía no es una derrota ideológica (o una ejecución, en mi rol de unidad pasiva en el pelotón de fusilamiento), sino un triste abandono.
Creo que hay varios puntos sobresalientes en el legado que deja TP, y uno de ellos es el ánimo constante de bajar los niveles generales de autoindulgencia. Tenemos mucha facilidad para acomodarnos en el lado aceptable, no impugnable del mundo. Este medio fue primero una masiva descarga de trompadas contra esa postura y ahora es una víctima más. Yo, por ejemplo, soy uno de esos tipos que dudan trescientas veces antes de difundir una idea, porque no estoy seguro de cuánta razón pueda tener o cuánto daño le pueda hacer a otro. Fui educado en la tradición de la culpa y en los límites de una máxima paternal que, por inocua, me sigue sonando horrible: Todo es relativo. Desde hace rato peleo entre dos fuerzas (la de la relatividad heredada y la del mandato interior de las posturas tajantes) y tiendo a creer que las dos son lastimosas, una por cagona y la otra por inmisericorde.
Como escritores y lectores, calculamos demasiadas consecuencias, sentenciamos sin grandes propósitos, nos dejamos convencer con facilidad. Si algo me enseñó este lustro de blogs y sitios de comunicación alternativa es que soy muy fácil de convencer. Si alguien sabe enhebrar palabras hasta formar oraciones convincentes y promover la ilusión de una idea original, ya me tiene en un ochenta por ciento de su lado. Si además eso que dice no sanciona el lugar que ocupo en el mundo, si no me deja del lado de los impugnables, entonces ya me tiene en un noventa y cinco por ciento. Así que aprovechen, que soy fácil.
Pese a todo lo que creíamos del viejo periodismo de papel y sus estructuras egomaníacas, verticalistas y autorrepresivas, la aparente democratización comunicacional provista por internet nos llevó al borde de una guerra de nervios. Estamos todos histéricos. Todos queremos decir algo sobre lo que está pasando, nos parece una obligación irrenunciable para los que contamos con las herramientas básicas (acceso a la tecnología, manejo del discurso), queremos gritar que tenemos razón y a la vez demostrar que podemos entender cualquier argumento, aunque si nos rompen las pelotas somos capaces de aplastarlo con una serie de artilugios dialécticos de primera clase. Hasta que la escalada colapsa en una insólita parálisis de expresión. Y entonces mejor ya no decimos nada.
Nos preguntamos a diario qué carajo es la política. Nos lo respondemos cada tanto y sin mucha convicción. Nos preguntamos si nuestros trabajos prácticos son una forma de hacer política. Nos respondemos que sí y no nos lo creemos del todo (aclaro que estoy usando una primera persona del plural en el sentido más Schmidt del recurso, una forma más esquizofrénica que abarcadora, y bastante más honesta; no podría hablar en nombre del colectivo TP porque, si existiera tal cosa, yo no debería ser considerado socio activo).
Nos preguntamos qué rol están ocupando los medios de comunicación en la Argentina en este tiempo. Nos respondemos que no tenemos ni la más puta idea. Ya no nos importan los diarios, ya no nos importa que los diarios y las revistas sean ilegibles, nos parece que en adelante los diarios podrían venderse sólo como regalo de cumpleaños y el mundo no cambiaría demasiado. Regale el diario del día del nacimiento. Las generaciones futuras no deberían estar privadas de esa opción del mercado del souvenir.
Todo este hastío que probablemente comparta con más de uno, ¿puede tener algo que ver con el cierre de TP? Es posible. Si viéramos que los kioscos están saturados de publicaciones interesantes y provocadoras iríamos corriendo al locutorio a postear verdades, a demostrar que nosotros también tenemos cosas copadas para decir, que los editorialistas profesionales que nos iluminan el camino son ciertamente admirables, pero que lo nuestro es un poco mejor porque encima no lo encontrás en cualquier parte. Esa es la lógica que funciona, no la opuesta. Porque si bien el nacimiento de TP puede considerarse producto de cierta tensión generacional frente a los discursos automáticos establecidos en todo el rango ideológico de los medios masivos, si bien puede verse como una preciosa invención de un grupo de escribas que, en su mayoría, lograron pagar sus cuentas fuera de las redacciones, su hundimiento (o más bien su suicidio, porque los ingresos al site siguen aumentando, según me informa un mail de Gli Uccelli) parece más el resultado de una catastrófica inseguridad colectiva frente a la propia causa de la fundación, frente a las raíces del ejercicio intelectual y narrativo. Ya casi nadie está seguro de que debería decir determinada cosa, excepto, por lo general, la gente que tiene cosas demasiado intrascendentes o peligrosas para decir.
Así que cada día el lado independiente de la comunicación se pregunta si lo que está haciendo sirve de algo. ¿Para qué exactamente sería necesario generar una voz alterna? Y se lo pregunta más veces de las aconsejables, hasta que la pregunta tiene más potencia que las ideas y termina atrofiando los pocos canales de difusión de los que dispone.
Yo me hago ese tipo de preguntas y, como hijo conflictuado de esas corrientes cruzadas, la del relativismo y la de la voz imperativa, me digo que, a mí, las mejores lecturas de TP (y los entrañables dibujos de Raffo) me ayudaron (o me condenaron) a ejercitar cierta malsana atención. A estar un poco más pillo frente a una realidad incomprensible. Incomprensible al punto que uno termina abrazando la perogrullada de que hay que tratar de hacer el bien cotidiano, de dejarle el asiento a la vieja y de saltar por las cosas feas. Si no creyera que TP formó parte de esa serie de sufridos intentos de aportar algo al entendimiento, me digo y me aseguro, no estaría escribiendo estas líneas de despedida.
Chau. Que nuestra próxima renuncia sea un poco más zen y menos inértica.
————————————
Del mismo autor:
Los Macheteros