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Diccionario político argentino #3
Tomás Abraham
26 09 2006 - 21:40
Morosidad
Fracción temporal contable. Se dice de lo que se demora en demasía. Es más importante la densidad del tiempo transcurrido que la señalización de su exceso. La puntualidad no es lo que importa sino la lentitud. La morosidad política se manifiesta de modos diferentes. En países de historia largamente centenaria, casi milenaria, la insistencia de lo que nunca termina por dejar de suceder la transmite la conservación del pasado. Reliquias, monumentos, catedrales, puentes ennegrecidos por los días, parques monárquicos, galerías de espejos, museos, institutos de ciencias antiquísimas como universidades épicas, hacen de la morosidad un efecto de la permanencia. La morosidad se hace identidad y su pesadez se marca en el almanaque. El ciudadano siente que sus pies soportan un lastre, existe un ancla fechada que se aprende a arrastrar desde los primeros años escolares: “ l’agriculture et l’industrie sont les deux mamelles de la France” se lee en los manuales primarios para que los niños sepan que la nación les entrega sus dos tetas.
Existe una morosidad en países con menos de doscientos años que no vuelca su tesoro acumulado ya que su tiempo es poco. La juventud se supone activa y móvil, pero se sabe que para el joven el tiempo nunca pasa, es una característica vigorosa de la impaciencia. Aunque muchos no estén de acuerdo, la adolescencia es un período finito. Su alargamiento produce una nueva edad. Lo mismo sucede con las senilidades postergadas, no restituyen la juventud porque crean una nueva generación. La cosmética avanzada ha modificado las edades y ya no se suceden como en el calendario de antaño. Hay países que no llegan a la madurez, menos a la vejez, se gastan en su temprana edad. La morosidad que les corresponde no es sencillamente lenta al no ser simple su temporalidad. Son entidades hiperkinéticas que se agitan permanentemente y se desplazan apenas. Viven en estado de apuro, y la urgencia convive con una estabilidad que apenas se modifica. Un “no pasa nada” es inmanente a un exceso de novedad que multiplica sus disfraces en velocidad proporcional al sedimento que acumula y lo cubre. El tiempo se vuelve dialéctico siempre que no se tenga una versión positivista del movimiento espiralado. La espiral de la Totalidad hegeliana cierra con sus anillos un Círculo idéntico a sí mismo. Siempre se vuelve con más conciencia del recorrido y el final de la ruta de la lucidez es la muerte. Pero en la morosidad dialéctica de los países jóvenes el final no es trágico sino meramente dramático. El mejor exponente de historias de este tenor es Tennesse Williams.
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