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Bésame poco 2
Tomás Abraham
2 August 2006, 01:03

A Roberto Galán
Cierto interés ha despertado la nota anterior. Lo verifico por el reciente llamado de la radio de la universidad de Córdoba para preguntarme sobre el por qué de mi escrito, y para transmitirme algunos llamados de los oyentes quienes piden que no se corte la racha de cariño que marcan los altos índices del besómetro argentino. Lo primero que quiero decir es que el beso con barba tiene origen porteño. A ningún catarmarqueño se le hubiera ocurrido entrar al café de la plaza frente a la intendencia y besar cinco veces la mesa de cinco. A ningún peón tucumano llegar a la madrugada fría al camión de la empresa que los deposita en el cañaveral y antes de subir al acoplado besarse con los compañeros de trabajo. El beso obligatorio nace en Buenos Aires, la ciudad puerto en la que desembarcó el beso hippie a mediados de la década del sesenta. Incubó unos años y ya en los comienzos de la década siguiente prendió en toda la masculinidad adulta.
Pero el que aquí escribe no daba besos ni apretaba la mano del prójimo en su adolescencia, por la sencilla razón que nadie lo hacía. Ni mano ni beso. Cuando nos presentaban a una chica o chico y me presentaban a mi en 1962 o 1964, lo que hacíamos todos es mover la cabeza de atrás para adelante y de adelante para atrás y decir hola. Del mismo modo en que bamboleamos el marote cuando decimos “ajá” para asentir sin esfuerzo un comentario cualquiera, así repetíamos el gesto al ser presentados a gente nueva.
Cuando nos juntábamos para ir a jugar a la pelota los sábados, ni un beso emergía entre la parcialidad. Todo era “hola”. Al irme a estudiar a Francia me encontré con una sociedad en la que todos se dan la mano desde que caminan. Lo primero que aprende el pibe galo al caminar es buscar el paté de campo a la heladera, porque dar la mano no se lo enseño nadie. Los bebés franceses salen de la vulva con el brazo extendido para felicitar al obstetra.
Los chicos no se besan, ni aún hoy. Son los padres que les enseñan a besarse. Quienes pregonan difundir la educación sexual en las escuelas desde la más temprana niñez, ya verán que el beso perderá importancia. Los aprietes de manguerita y la búsqueda de la gatita los distraerán de la ceremonia oral.
Estaba terminando la nota cuando recibí otro llamado del dial en la que un defensor del beso y fundamentalmente del beso argentino me decía qué pasaba si alguien no me quería dar la mano como yo que no quiero seguir besando. Le dije que escribiera una nota en TP anunciando su decisión de no dar más la mano. Otro me quiso apretar diciendo que mi preferencia por el buen abrazo implicaba un gesto más promiscuo que el beso. Aclaré que no es un tema de promiscuidad, no estoy en contra de la franela de braguetas ni de las apoyadas consensuadas sino del beso obligatorio masculino (BOM). No faltó quien me decía que seguramente en mi adolescencia dar un beso a un varón era visto como un gesto maricón. Bueno, no, tampoco. Claro que si nos juntábamos quince a patear y nos decíamos hola, y venía Carlitos y besaba al Yayo Gómez, qué quieren que se piense.
Concluyo: es mejor dar la mano con fuerza que poner la jeta en los labios del otro. Nada de esto implica una cruzada machista, sino un recuerdo de la antigua caballerosidad.
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Diccionario político argentino #5
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