Click here
ARTICULOS RELACIONADOS

Diario del Mundial # 31.1
Diario del Mundial # 30.1
Diario del Mundial # 30.0
Diario del Mundial # 29.0
Diario del Mundial # 28.0
Diario del Mundial # 27.1
Diario del Mundial # 27.0
Diario del Mundial # 26.1
Diario del Mundial # 26.0
Diario del Mundial # 25.0.5
Diario del Mundial # 25.0
Diario del Mundial # 23.2
Diario del Mundial # 23.1
Diario del Mundial # 22.2
Diario del Mundial # 22.1
Diario del Mundial # 21.0
Diario del Mundial # 20.0
Diario del Mundial # 19.2
Diario del Mundial # 19.1
Diario del Mundial # 18.2
Diario del Mundial # 18.1
Diario del Mundial # 17.2
Diario del Mundial # 17.1
Diario del Mundial # 16.2
Diario del Mundial # 16.1
Diario del Mundial # 15.3
Diario del Mundial # 15.2
Diario del Mundial # 15.1
Diario del Mundial # 14.4
Diario del Mundial # 14.3

Diario del Mundial # 24.0
Quintín
3 07 2006 - 00:25

Domingo 2 de julio. 23 hs.

1. Escribe mi amigo Mark Peranson, un crítico de cine canadiense del que no conocía sus aficiones futbolísticas. “¿En qué estaba pensando Pekerman? ¿Por qué sacó a Riquelme? ¿Por qué entró Cruz por Crespo? ¿Por qué no puso a Messi? No entiendo.” En Hong Kong deben haber sentido la misma perplejidad que en Vancouver y en Buenos Aires: los cambios de Pekerman fueron muy difíciles de entender. Sólo recuerdo un caso parecido. Fue hace mucho tiempo, en la famosa final de la Copa Libertadores que River perdió con Peñarol en Santiago de Chile. Ese día River ganaba dos a cero. El técnico Renato Cesarini hizo un cambio rarísimo (que no recuerdo bien) y reordenó todo el equipo. River terminó perdiendo cuatro a dos en el alargue. Fue hace cuarenta años, en 1966.

2. Pero Peranson escribió de nuevo. Su segundo mail intentaba una respuesta a las preguntas del primero. Decía así: “Ya sé, el técnico y el arquero estaban arreglados y entregaron el partido.” Bueno, no voy a sostener una cosa semejante y menos cuando el ambiente es desafortunadamente prolífico en teorías conspirativas, como que el árbitro alemán nos robó en el mundial de 1966 contra los ingleses. Sin embargo, algo raro pasó esa otra tarde del 1966 en Santiago. Y algo raro pasó en Berlín el viernes. La lesión del arquero tiene mucho que ver en todo esto: Abbondanzieri se asustó. Se asustó de ganar el partido, de perderlo, del marco, de la presión, de los alemanes, del primer centro en el campeonato que no había podido controlar o de todo eso junto. Pero se asustó y se sintió más lesionado de lo que estaba. Pasa en las mejores familias y no es cuestión de rasgarse las vestiduras. El problema es que el resto del equipo y el técnico se asustaron también. Como River aquella tarde en Santiago.

3. No es esta una acusación moral y me parecería muy injusto que se diga que esta es una selección de gallinas o cosa por el estilo. Lo que trato de decir es muy diferente: que para Argentina, ganarle a Alemania el viernes era una hazaña casi fuera de su alcance aunque haya estado a diez minutos de hacerlo. Antes de indignarse, le pido al lector que recapacite un poco. Este es el mundial donde seis de los ocho equipos que quedaron en cuartos de final eran ex campeones del mundo, el mundial donde los equipos chicos no ganaron nada, el mundial donde se dio la lógica, el mundial donde se acentuó la tendencia a que todo sea previsible. Era improbable (no imposible futbolísticamente) que Argentina ganara. Y aunque se proclamara lo contrario, los argentinos lo sabían y terminaron actuando en consecuencia. Les resultó demasiado pesado saber que estaban a punto de torcer el destino.

4. Para colmo, tenían al frente a los alemanes, que si algo han demostrado en la historia del fútbol es que les sobra garra, que en las circunstancias más difíciles siguen imperturbables y arrogantes: han llegado a la final de visitantes en años que presentaron equipos inferiores al actual y siempre están ahí. Alguien dirá que Francia le ganó a Brasil, contrariando el favoritismo y la arrogancia de los pentacampeones. Pero cualquiera habrá advertido que los achicados allí fueron los brasileños y que a los franceses no sólo les sobró calidad para ganar el partido, sino una enorme convicción de que podían hacerlo. Esa convicción es la que no tuvo Argentina.

5. Ayer pude ver otra vez el segundo tiempo del partido y me quedé muy impresionado. El gol de Ayala ocurrió a los 3 minutos, el alemán a los 37. En esos 34 minutos (algo menos en realidad, porque los momentos posteriores al gol fueron muy favorables para la Argentina), el equipo de Pekerman dejó venir a los alemanes de una manera casi suicida, que no hizo más que acentuarse en los minutos que siguieron a la salida de Riquelme.

6. En mi opinión, el pánico fue parejo, o casi. Ya hablamos de Abbondanzieri, el caso más evidente. Pero el resto fue un equipo antes del gol y otro después de él. Riquelme, el conductor, jugó su peor partido y perdió las pocas pelotas que tocó en el segundo tiempo. Pero en ese período, tampoco le dieron un pase. La pelota no salió nunca jugada de atrás, no circuló nunca por el medio y la selección argentina jugó a tirarla al diablo cuando se cortaba algún ataque alemán y jugarla imprecisamente en cualquier otra circunstancia. Los periodistas hablan de una supuesta gran actuación de Ayala. Sí, el defensor rechazó todo, pero no le dio un solo pase a los compañeros: fue el líder de la política de sacarse la pelota de encima, fervientemente acompañado por Coloccini, Heinze y Sorín. Y en ese juego terminó entrando también el prolijo Mascherano, mientras González, jugador fino y de toque sutil iba también desapareciendo. Maxi Rodríguez, que sorprendió siempre a la defensa en los partidos anteriores, fue totalmente ineficaz en campo contrario.

7. Queda Tevez. No hay duda de que se trata de un jugador muy aguerrido, de una enorme confianza en sí mismo y al que las circunstancias influencian muy poco. A Tevez, aparentemente, le importaban muy poco los alemanes y los desafió con su fútbol y sus ganas todo el partido. Pero, curiosamente, nunca entró al área con peligro y se diluyó en un pase lateral cada vez que estuvo cerca del gol.

8. Lo que estoy diciendo no tiene nada que ver con el coraje innato o adquirido de los nacidos en esta parte del mundo. Es que ganar un mundial es algo demasiado complicado: requiere de una preparación sobrehumana y acaso inhumana. Para empezar, la mayor parte de las selecciones no lo ha logrado nunca y llegan al mundial sin ninguna intención seria de hacerlo, apenas con vagas ilusiones que se desvanecen a la primera dificultad seria (que a veces se disimula porque en un partido dado los dos no pueden perder, como por ejemplo en Portugal-Inglaterra). Pero aun para los que han salido campeones, también es muy difícil, especialmente para equipos como Inglaterra, Francia y la Argentina, que sólo ganaron de local o con Maradona en el equipo.

9. Porque así como Argentina salió campeón dos veces, también fracasó en muchas otras sin que se hayan averiguado muy bien los motivos. Frente a esa situación difícil hay dos métodos. Uno es llegar con todo previsto al detalle hasta bordear la obsesión patológica y crear en los jugadores la mística de la disciplina y la obediencia con el entrenador como gurú y eje del equipo. La otra es creer que los jugadores, adecuadamente preparados, pueden resolver los problemas con su autonomía y su creatividad dentro de la cancha. En el 78 Argentina ganó de un modo y en el 86 de otro. Pero en ambos casos tuvo ayudas extras de distinto tipo, como se sabe. Tanto se sabe que desde entonces existe la duda de que se puede lograrlo sin ser local bajo una dictadura o sin contar con el mejor jugador de toda la historia en su mejor momento. Con la primera teoría, la de tener todo previsto, fracasó Bielsa en el 2002: todo era perfecto pero nada funcionó como se esperaba. Con la opuesta, Basile en el 94, un gran equipo que se quedó sin norte. Con una mezcla de ambas, Pasarella en el 98.

10. El sistema de Pekerman fue híbrido. Le confió la conducción del equipo a un jugador que la mayoría de los técnicos argentinos hubieran excluido del equipo para no perder ellos autoridad, pero no confió en él en el momento decisivo, como tampoco confió en Messi, la gran promesa del fútbol internacional. Armó un planteo ofensivo, pero lo reemplazó por otro en una circunstancia que resultó sumamente inoportuna. Es muy curioso que después de la buena campaña argentina en este mundial, donde se consiguieron once goles (contra dos del mundial anterior), los nombres que finalmente han emergido como figuras son tres jugadores que defienden (Abbondanzieri, Ayala y Mascherano) y un mediocampista sin grandes luces que estuvo singularmente inspirado para el gol. Como delantero, solo Tevez será recordado por su valiente, maníaca y finalmente improductiva actuación contra los alemanes. Pero la imagen del resto de los atacantes resultó negativa en el balance final. La cuenta es impresionante. Dejemos para después a Riquelme, la gran víctima de estas circunstancias. Pero el Mundial no ha sido generoso con el postergado Messi, con el sacrificado Crespo, con el ocasionalmente brillante Saviola, con el fugaz Aimar, con el borrado Rodrigo Palacio. Ninguno parece haber tenido, en el momento decisivo, el apoyo del técnico, como lo tuvo por ejemplo Gabriel Heinze después de la peor (y más descontrolada) actuación individual del torneo o Esteban Cambiasso después de varios partidos mediocres.

11. El párrafo anterior puede parecer injusto con Pekerman, lo que no me gustaría. Lo mismo que sucedió con Bielsa hace cuatro años ocurre hoy. El técnico ha sido una conductor responsable y sensato, que entrenó a su equipo para jugar con destreza y aplicación y para comportarse civilizadamente. Nadie (aunque hay tontos que lo proclamen en todas las latitudes) sabe cómo se entrena para ganar. Pero es curioso que después de una larga trayectoria al frente de los juveniles y una línea de conducta que el fútbol argentino pareció asumir después de algunos comportamientos bochornosos en el pasado, el campeonato haya terminado para su selección en un escándalo y, una vez más, los futbolistas argentinos demuestren ser tan malos perdedores y tentarse tan fácilmente con la violencia gratuita. Me vuelve la imagen de Heinze, prepotente y desaforado al terminar el partido. Se dice que fue un momento de disculpable nerviosismo, pero su actitud dentro del campo, de desafío al contrario y maltrato a la pelota expresaba el mismo mensaje del petit escándalo final.

12. Es que, en el fondo, el fútbol argentino es una mezcla de dos tradiciones: la del virtuosismo con la pelota y la de la bravuconería sin ella. Sus hinchas, pero también sus jugadores, se han educado viendo jugar muy bien durante décadas e intentando imitar a los mejores, pero también con la absurda consigna de que hay que ganar de cualquier modo y de que el adversario no merece más que ser objeto de la violencia y de la trampa. Esas tradiciones coexisten en distintas medidas en cada jugador, en cada equipo, en cada técnico y sobre ellas cabalga una silenciosa pero omnipresente dosis de inseguridad y de miedo. Sobre estos factores ha actuado en los últimos años otro, que es una prensa demasiado ignorante y demasiado pagada de sí misma, que ha terminado inclinando la balanza hacia el lado más innoble de esta ecuación de efectos muchas veces paralizantes.

13. En esa situación, creo que Pekerman se quedó a mitad de camino, pero la responsabilidad no es exclusivamente suya. En el fondo, es puramente técnica. El plantel argentino tenía una enorme, casi insólita, versatilidad ofensiva. Pero la defensa y el medio campo eran bastante poco creativos. El equipo no estaba compensado en muchos aspectos, no sintonizaba la misma longitud de onda futbolística. Y durante el torneo, no llegó a mejorar su ensamble, a adquirir un patrón de juego que pareciera definitivo. Pekerman tenía dos formaciones ofensivas (capaces de desequilibrar y diferentes a la gran mayoría de los equipos) pero un solo mediocampo y una sola defensa (tan parecidas a los demás, a pesar de la actuación de Ayala). Y así, lo que pudieron ser variantes dentro de un mismo esquema virtuoso, aparecieron como opciones contradictorias y el técnico no encontró cómo armonizarlas.

14. Por eso, creo apostó a medias a los jugadores creativos y los terminó dejando parejamente sin respaldo. En ese contexto, no es sorprendente que los jugadores terminaran asustados como lo hicieron por tener más deseos y ambición que convicciones de juego. En el fondo, es una lástima. Hubiera sido muy bueno para el bienestar general que Pekerman tuviera éxito. Hizo un trabajo de años con los juveniles y su selección mayor hizo el mejor papel en dos décadas. Y sobre todo, porque algunas de las alternativas que se barajan para reemplazarlo son auténticamente monstruosas.

15. Mañana hablaremos del linchamiento de Riquelme, uno de los capítulos más penosos de la prensa deportiva argentina.

Esta nota es parte de la Cobertura Obsesiva de Alemania 2006, a cargo de Quintín.


————————————

Del mismo autor:
Ultimas obsesiones
Fútbol por TV #9
Fútbol por TV #8
Fútbol por TV #7
Fútbol por TV #6
Fútbol por TV #5
Fútbol por TV #4
Fútbol por TV #3
Fútbol por TV #2
Fútbol por TV