TPtuit:
Pero bueno. Murió Spinetta. Nada de todo lo demás me importa. Me fui.
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5 hours ago
@_GavriloPrincip @EstebanSchmidt Una vez más "postkirchnerismo" es una etiqueta vacía que oculta el hecho de que no sabés pensar solo.
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5 hours ago
@_GavriloPrincip @EstebanSchmidt Además está mal planteado esto. No tiene por qué haber UN antikirchnerismo.
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5 hours ago
@miconian never watched it
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5 hours ago
(in reply to miconian)
@ffugaz @_GavriloPrincip @EstebanSchmidt No estoy en ninguna vereda, idiota. No hay dos veredas. Esa es la fruta que vende el kirchnerismo.
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5 hours ago
(in reply to ffugaz)
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Construid, imprenteros, al deudo y su legado
Damián Tullio
29 01 2010 - 00:20
Últimamente, cuando una celebrity se muere, explotan las redes sociales. La gente copia links en sus perfiles de Facebook, cita frases grandilocuentes del fallecido o linkea un video de YouTube, con el tipo hablando a cámara, en twitter. Resulta que la mayoría de los que hacen eso no tienen la mas puta idea de quién era, qué hacia, pero se sienten un poquito mal si no se suman a la caravana funeraria para despedir al famoso.
Hoy se murió un escritor famoso, alguien que, como dijo mi amigo Max, era “el tipo que nos contaba cuentos cuando éramos más pibes”. Todo el mundo les va a hablar de él: se llamaba Jerome David. Su apellido era Salinger. Era yanqui —un pecado, por estos años, o no tanto, porque vivió en Nueva York y todos sabemos que New York no es ni en pedo Estados Unidos (?)— y desde el 60 que no publicaba nada, que no quería publicar nada, que no quería que hablaran de él. Había quienes lo perseguían, los que iban a la casa a que los recibiera con un tecito caliente y les regalara un cuento más. Había locos que esperaban en la calle leyendo su libro a alguien, para inmediatamente después balearlo por la espalda. Tuvo ex-novias que escribieron libros sobre él (si le gustaba coger o no, y eso). Pero por sobre todo, escribía bien, no sólo lindo y florido. Bien en un sentido metafísico, o algo. Era de esos tipos que te mostraban que tu inadecuación social no era una cosa terrible, dramática, sino algo que al menos ameritaba tomárselo con gracia, si no con orgullo.
Durante un par de días más, gente que no lo leyó nunca les va a contar lo buenos que estaban sus libros. Para el mundo, por un par de días, Salinger va a ser rubio y de ojos celestes, bueno, amoroso, ídolo, genio y figura. Después van a empezar a vender los libros, los viejos y los nuevos, los que dicen están guardados ahí en la casita de Massachusetts y los que están sepultados en el departamento de legales de una editorial neoyorkina. Los editores van a celebrar con mucho champagne el contrato firmado con los hijos del deudo.
Después estamos los otros, los que calladitos vamos a ir a comprar como unos boludos todos esos libros, porque no nos sale otra cosa y porque conocimos a nuestros mejores amigos hablando de los libros de él. Yo hoy me pongo en pedo, o me voy a la cama sobriamente triste, sabiendo que, en la gran mesa imaginaria, en la cena de los campeones, hay que restar un juego de vajilla, un plato menos, cubiertos menos, una copa menos. Hoy nos vamos a la cama en un mundo con un amigo menos.