Producido por

Huili Raffo

Conejo Editor

Eliseo Brener
Hernán Iglesias Illa
Gabriel Puricelli
Quintín
Huili Raffo
Ivana Steinberg

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Lista de Colaboradores

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TP FAQ


Esteban Schmidt

Nació en septiembre de 1967 en el Hospital Churruca de Buenos Aires durante la administración de Juan Carlos Onganía. En el jardín de infantes usó un pintorcito azul y no se destacó en absolutamente nada porque dibujaba mal, no decía frases de nene inteligente y era muy tímido. Era un nene anónimo, era un nene nada. Dormía muy bien la siesta, cuentan quienes lo acariciaban a los tres años y en una colchoneta celeste a los cuatro cuando Miriam, la maestra jardinera, silbaba una canción de cuna para todos los de la sala, pero especialmente para él. La camioneta después lo llevaba de regreso a casa y con la cabeza fuera de la ventanilla cantaba la marcha peronista con sus compañeritos. El chofer, que además era boxeador, lo pasaba a buscar también los sábados para que el niño de cinco lo acompañara a sus entrenamientos en el Luna Park y le hiciera de hijo al lado del ring.

En 1974, Schmidt ingresó al Mariano Acosta y tuvo una educación primaria excepcional. Era medio turno, nomás y a la tarde veía telenovelas y series de televisión como El Santo, Ladrón sin destino, Curro Jiménez y Dallas. A la nochecita, paseaba con su tío abuelo Basilio por la avenida Corrientes y saludaban cabeceando a Osvaldo Miranda y al flaco Aroldi. Tomó la comunión en la Parroquia Santa María en diciembre de 1976 y cuando sus hermanos menores crecieron, para evitar que se mate con ellos, lo embocaban en cosas como Inglés, Guitarra, Judo, Ajedrez, Básquet y Tenis.

Agradece haber salido a la calle a festejar el Mundial ‘78 cuando tenía 10 años y apoyó la incursión en Malvinas a los 14. A los 15 organizó el Centro de estudiantes del Acosta en reuniones que se hacían en la Plaza Miserere y lo eligieron miembro de la primera directiva de la Federación de Estudiantes de Secundarios en 1984 cuando tenía 17.

En 1985, cuando el Partido Comunista se disponía a copar el Segundo Congreso de la FES que se realizaba en el Nicolás Avellaneda, aprovechando que tenían más delegados por cursos que votos, Schmidt pudrió la asamblea como había arreglado con el PI y ordenó el asalto a un grupo de choque de la Coordinadora que estaba armado con Itakas, detalle que no había combinado con el PI. La irrupción armada fue breve y culminó en el mismo momento en el que Schmidt fue liberado de unos comunistas que lo habían tomado como rehén.

Esa tarde el episodio fue la tapa de Crónica y alguna gente debió cruzar a Colonia para no ir presa. Schmidt se fue a dormir la siesta con la culpa, el terror y el espanto más grandes de toda su vida. A la hora, su madre lo despertó porque llamaba Héctor Ruiz Núñez de la revista El periodista. Cuando atendió el teléfono tenía cuatro años.

—Esteban, ¿qué pasó hoy en el Avellaneda?

—No zé, no zé. No vi nada, zo ‘staba dentro del ginasio de la ecuela.

—¿Puede ser que fuera gente de Carlitos Bello la que entró armada?

—Yyy, no te ze dezir, zo no zé muto destas cosas. Pedo vizte como es eza gente de La Boca.

Unos meses después se trepó vestido con pantalón gris y blazer de dirigente radical a una estatua de Hipólito Yrigoyen para cortar la luz del Comité Capital de la UCR y evitar una asamblea donde sería destituido como conducción de los secundarios radicales. Quienes lo echaron formaron parte varios años después del Grupo Sushi y fundieron al país. En 1986 los futuros sushis le rompieron la nariz en una peña que se hizo en un comité de la octava y el tabique quedó desviado para siempre.

Golpeado y todo, Schmidt es un hombre con un cuerpo bastante firme y muy fuerte, mide 1,70 y pesa 70 kilos desnudo. Sus ídolos fueron Carlos Monzón, Marvin Hagler y Sugar Ray Leonard. No es casado.

Trabajó en el diario 12, en el emprendimiento periodístico-policial llamado Veintiuno y su saga de dolor y bobadas llamada Veintidós y Veintitrés, en la revista de farándula Quien y en Rolling Stone donde todavía publica. Trabajó en radios y una noche del 94 transmitiendo desde la AMIA vio espantado como varios camiones del ejército israelí llenos de soldados avanzaban por la calle Pasteur y una multitud aplaudía la invasión. Estúpidamente privilegió quedar bien con Pepe Eliaschev y le dijo al aire: “esta gente trae algo que no se consigue en cualquier ferretería, Pepe: experiencia”. Desde entonces miente poquísimo. En Página/12 lo mejor que hizo fue tratar de alertar al país sobre el drama que se aproximaba de festejarse la ignorancia de Graciela, la demencia de Chacho y la frivolidad de Aníbal. Una tarde, Mario Wainfeld lo llevó a tomar un café a la esquina del diario y le preguntó:

—¿Pero vos no ves nada bien en la vida?

Cuando se estaba por conformar la Alianza, Schmidt afirmó: “la UCR sólo puede hacer un gobierno peor que todos los que hizo hasta el momento”. Y votó a la Alianza.

Si pudiera elegir, Schmidt preferiría morir de viejo pero duda si por efecto de un acto heroico o en el green de un campo de golf, como el abuelo de un amigo. Se estaría inclinando por esto último, aunque falta un montón.

—Decinos algunas cosas que te gustarían, Estebitan, como para terminar.
—Me gustaría participar de algo que tenga el impacto emocional de entrar a un estadio a jugar una final y sentir alguna vez también la adrenalina de una guerra pero sabiendo que vuelvo entero porque quiero tener una familia y ver a un hijo mío izar la bandera argentina en un acto escolar.