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Empalme
Gustavo Noriega
10 hours ago

Cuando Néstor Carlos Kirchner decidió en 2007 mandar a Guillermo Moreno a desembarcar en el Indec para falsear sistemáticamente las estadísticas públicas, abrió un camino de mentiras encadenadas interminable. Son cada vez más complicadas, más contrastadas por la realidad y menos defendibles. La culminación grotesca de ese camino infame se dio a partir del 23 de abril, cuando el gobierno decidió no publicar las estadísticas de pobreza e indigencia que estaban anunciadas para esa fecha. Las excusas son tan deliberadamente enrevesadas que hay que desandar un poco el camino para comprender de qué están hablando.

Cuando el ministro Kicillof decidió hacer algún tipo de blanqueo parcial para las insostenibles estadísticas de inflación se metió en un lío, que pasó inicialmente desapercibido pero que no iba a hacer más que crecer con el tiempo. La idea de que la inflación no era la oficial sino que se parecía mucho más a la que decían las consultoras privadas era extendida y su aceptación casi no tenía costos políticos. De hecho, admitir que la tasa anual era mucho mayor a la declarada oficialmente del 10% era un requisito para que los organismos de crédito internacionales les atendieran el teléfono.

El problema es que las mediciones de pobreza e indigencia están directamente relacionadas con los ingresos y los precios. Una inflación alta, que crece más que los salarios, incrementa inmediatamente la medición de la pobreza. Si se reconoce que los precios variaron mucho más de lo reconocido, los porcentajes de pobreza e indigencia sólo pueden crecer con la misma velocidad.

Por eso, cuando el 13 de febrero se anunció el nuevo IPC (llamado IPCn), de alcance nacional, que reemplazaba al desprestigiado IPC calculado por Indec para Buenos Aires y GBA, la gran noticia inadvertida para la mayoría fue que en esa exposición de estadísticas había desaparecido la Canasta de Alimentos que se publicaba mensualmente.

La Canasta representa la suma de los precios de algunos componentes de las compras mensuales de una familia tipo. Si los ingresos no superan los valores de una canasta mínima, que garantiza solamente la reproducción calórica en alimentos, se habla de indigencia. La canasta de alimentos, más algunos servicios básicos, marcan el límite de la pobreza. Ese valor mensual era el que estaba indicando que si una familia tenía 6 pesos por persona por día no se consideraba indigente, una aberración producto de haber corrido sistemáticamente los precios desde el año 2007.

Durante las presentaciones de los IPCn de enero, febrero y marzo, la canasta siguió sin aparecer. La novedad es que en el mes de abril correspondía anunciar la estadística relacionada con la pobreza del segundo semestre de 2013, realizada con los valores de ingresos calculados por la Encuesta Permanente de Hogares (EPH) en octubre de 2013 y puestos en relación con los precios calculados en esa misma fecha. (La EPH se realiza dos veces por año, en abril y en octubre; con sus resultados, unos meses después, se calculan los índices de pobreza e indigencia.)

Como el número se calculaba de acuerdo con la canasta de 2013, no iba a dar nada diferente a los números ridículos de pobreza que se estaban presentando: alrededor de 6% de pobres y un número de indigentes totalmente residual, ambos datos obscenamente desmentidos por las calles de cualquiera de nuestras ciudades.

Esta vez, el gobierno pensó que era mejor no ofrecer el número, que iba a ser ridiculizado, sino utilizar el “cambio de metodología” de enero de 2014 para justificar no publicarlo. No hay ninguna relación entre una medición realizada en octubre de 2013 y un cambio hecho tres meses después, pero en su sinfín de mentiras interrelacionadas seguramente les pareció una menor.

Kicillof canceló el anuncio de la medición sin explicaciones. Al día, siguiente, jueves 24 de abril, era ineludible para el Jefe de Gabinete, Jorge Capitanich, referirse al tema. Allí utilizó la palabra “empalme”. Eran, dijo, problemas de empalme.

Es claro que el Jefe de Gabinete no tenía la menor idea de lo que estaba diciendo (aunque el ministro de economía sí lo sabe). Todos se dieron cuenta de que era una palabra usada como amuleto, sin contenido, pero vale la pena entender cuál era la trampa.

La metodología internacionalmente aceptada (de la cual el Indec era un férreo cumplidor hasta enero de 2007) indica que cuando se modifica la forma de cálculo de una estadística, se mantenga la forma anterior en paralelo durante un tiempo para de esa manera poder analizar la comparabilidad entre una y otra y mantener la continuidad de los estudios. A eso se le llama “empalme”. Lo más cínico del asunto (quizás un momento de debilidad psicológica al borde de la confesión) es que entre un IPC y el siguiente no hubo ningún empalme. Kicillof y el Indec decidieron saltar de uno a otro sin relacionarlos de ninguna manera. No hubo empalme.

Pero eso no es todo. Como ya dijimos, la pobreza se anunciaba en abril de 2014, pero los relevamientos de precios y salarios se habían hecho en octubre de 2013. No había ningún “empalme” que hacer. Simplemente se completaban las series de 2013 y listo. En todo caso, la publicación del índice de pobreza del primer semestre de 2014, con los valores calculados en abril de 2014, pueden ser empalmados con los anteriores porque hubo, teóricamente, un cambio de metodología, pero todo lo anterior a enero de 2014 no necesita ser modificado.

Después de la defensa inconsistente y fugaz de Capitanich, el propio Indec decidió emitir un comunicado al respecto. Son ocho párrafos, siete de ellos totalmente inatingentes e irrelevantes y uno explicativo que reproducimos:

En el día de ayer se discontinuó la publicación de la serie histórica de la medición de incidencia de pobreza e indigencia por ingresos monetarios que el instituto estadístico venía realizando desde 1993 por contar con severas carencias metodológicas, sumadas al hecho de la discontinuación del IPC-GBA y la imposibilidad de empalme con el nuevo IPC-NU.

“Severas carencias metodológicas.” ¿Qué quiere decir? Si lo venían calculando ellos mismos, ¿cómo lo califican de esa manera sin hacer más aclaraciones? La explicación siguiente que empieza con la frase “sumadas al hecho” habla de una “imposibilidad de empalme” desmentida por el significado mismo de la palabra. La única imposibilidad de empalme es que decidieron no hacer empalme. Y a eso hay que sumarle que en este caso no correspondía ningún empalme.

Los gobiernos kirchneristas, desde la presidencia de Néstor Kirchner en adelante, se especializaron en violentar todas las reglas de metodología estadística habidas y por haber. Son “delincuentes metodológicos”. Son mentirosos, y como todo mentiroso, viven enredados en una madeja cada vez más complicada. Han escondido muertos, como en la inundación de La Plata, y vienen escondiendo pobres desde enero de 2007. La pregunta que hay que hacerles parafasea aquella con que la periodista griega dejó balbuceando al ministro Lorenzino: “Muy lindo tu discurso sobre la pobreza, pero, how much is it?”.




La buena reforma
Helena Rovner & Eugenio Monjeau
4 days ago

En diciembre de 2012 Rafael Correa estuvo en la Argentina. En una entrevista con C5N se le preguntó por la responsabilidad de Irán en el atentado a la AMIA. Declaró: “Conozco ese caso. Es muy doloroso para la historia argentina, pero vea cuántos murieron en el bombardeo de la OTAN a Libia. Comparemos las cosas y veamos dónde están los verdaderos peligros; no debemos manipular”. Nos eximimos de mayores comentarios. Como dijo Karl Kraus: “Sobre Hitler no se me ocurre nada”.

Durante ese mismo viaje Correa recibió el Premio Rodolfo Walsh a la Libertad de Expresión de la Universidad Nacional de La Plata. Algo así como el golden ticket para visitar la Fábrica de Chocolate de Florencia Saintout. En el palco estaban presentes los oompa loompas Zaffaroni y Bonafini, el actual embajador ante la Unión Europea Hernán Lorenzino (en ese entonces ministro de economía, hasta que se quiso ir a vivir a Bruselas y ganar 15.000 dólares de sueldo), Estela de Carlotto, el líder neonazi Fernando Esteche y Adolfo Pérez Esquivel, cuya presencia no podría ser más irritante.

Viajemos un poco en el tiempo, para ver cuán justa, noble, impostergable fue la entrega del galardón al presidente ecuatoriano.

El 10 de mayo de 2007 (cuatro meses después de su asunción) Correa presentó una demanda contra Francisco Vivanco, director del diario ecuatoriano La Hora, por un editorial de 250 palabras publicado el 9 de marzo, llamado “Vandalismo oficial”. La demanda de Correa se basa en el artículo 230 del código penal ecuatoriano, que prevé penas de hasta dos años de cárcel para quienes expresen “amenazas o libelos que puedan ofender al presidente”.

En marzo de 2011 Correa demandó a Ernesto Palacio, editor de opinión del diario El Universo, por una nota en la que aquel denunciaba que Correa había ordenado a un grupo de soldados que abrieran fuego contra el hospital en el que estaba presuntamente retenido por oficiales de policía en un “intento de golpe de Estado”. Palacio acusaba a Correa de cometer crímenes contra la humanidad. Correa lo demandó, a su vez, por calumnias e injurias. Lo curioso es que la demanda incluía, además, a los directores del diario, Carlos, César y Nicolás Pérez, a quienes se intentaba hacer penalmente responsables por un ilícito cometido por otra persona. Correa pretendía una indemnización de 80 millones de dólares y tres años de prisión contra los cuatro. En un editorial del Washington Post se relata la ocasión de la sentencia:

La semana pasada el presidente estuvo presente en el juicio mientras militantes enardecidos tiraban huevos y botellas contra los acusados desde fuera del tribunal. Para sorpresa de nadie, el juez rápidamente falló en favor de Correa, y sentenció a Palacio y los tres directores del Universo a tres años de prisión y el pago de 40 millones de dólares en concepto de daños al señor Correa (un monto que es superior al valor total del diario).

En febrero de 2012 la Corte Nacional de Justicia de Ecuador (el tribunal supremo del país) ratificó el fallo contra los cuatro periodistas. Unos días más tarde, Correa anunció, magnánimo, que los perdonaría (curioso: hizo una demanda como ciudadano común y corriente, pero el perdón solo pudo darlo como presidente: ¿se cambiará de ropa en un teléfono público cuando hace estas cosas?). Según el diario El Mundo, esa fue la decimoctava demanda que Correa haya entablado contra algún periodista desde que asumió el cargo en 2007. Con el fallo de la Corte, Correa declaró lo siguiente: “No estoy contento. Esto ha sido duro. La lucha es por la verdadera libertad de expresión. Todos debemos sujetarnos al Estado de derecho. Creen que por ser medios privados, dueños de empresa, pueden decir cualquier cosa”. Un presidente condena a la cárcel a cuatro periodistas en nombre de la libertad de expresión. War is Peace. Freedom is Slavery. Ignorance is Strength.

Pero si lo ratificó la Corte debe estar bien.

A fines de enero de 2007 el Congreso estaba discutiendo acerca del referéndum que Correa, recién llegado al cargo, quería llevar adelante para reformar la constitución. La mayoría parlamentaria estaba en manos de la oposición. Miles de militantes oficialistas se juntaron afuera del Congreso, munidos de palos y piedras, con el objetivo de presionar a los legisladores para que apoyaran el proyecto de reforma constitucional. Algunos de ellos lograron entrar al edificio; se produjo un enfrentamiento con la policía y los diputados tuvieron que abandonar el recinto.

El 13 de febrero el Congreso aprobó que se llevara a cabo el referéndum. El pueblo ecuatoriano eligiría si quería reformar o no la Constitución. El voto fue de 57 a 1 (de un total de 100 legisladores; Ecuador tiene una sola cámara). Toda la oposición se había retirado de la sala, excepto por una agrupación minoritaria que se alió al oficialismo para aprobar la iniciativa y un legislador opositor que se quedó para votar en contra, el señor Federico Pérez.

El voto del Congreso estipulaba que la asamblea constitucional no tendría el poder de echar a legisladores y otros funcionarios votados en las elecciones del año anterior. Correa desestimó estas restricciones impuestas por el Congreso (podemos imaginarnos a los miembros de la oposición que habían prestado su voto para el referéndum, especies de Federico-Pinedos del Ecuador) y el Tribunal Electoral aprobó su pedido de que la asamblea sí tuviera esos poderes ilimitados para echar a cualquier funcionario electo.

57 miembros del Congreso, entonces, firmaron una petición de destitución contra cuatro de los miembros del Tribunal Electoral. El tribunal, entonces, votó que se expulsara a los 57, argumentando que estaban interfiriendo con un proceso electoral. Correa defendió al Tribunal Electoral (que había aprobado, recordemos, su versión ampliada del referéndum) y dijo que la remoción de los legisladores era constitucional. Hubo marchas contra el Congreso y la policía impidió que los legisladores expulsados entraran al edificio. Correa amenazó con meter en la cárcel a cualquiera de los 57 que intentara ingresar al Parlamento, por causar disturbios.

Entre el 22 y el 24 de marzo juraron nuevos diputados. La nueva mayoría estaba conformada por 28 diputados suplentes y 31 diputados de partidos que apoyaban la propuesta de Correa. El 23 de abril, el Tribunal Constitucional ecuatoriano decidió restituir a 51 de los 57 diputados que habían sido destituidos por el Tribunal Electoral (los 51 que lo habían pedido). El Tribunal Constitucional alegó que su remoción había sido ilegal. Pero antes de que los congresistas restituidos pudieran volver a sus cargos, el nuevo Congreso votó la deposición de los nueve miembros del Tribunal Constitucional por sus “acciones anticonstitucionales”, sin la vigencia de ningún tipo de debido proceso ni de garantías, alas!, constitucionales. Orwell ataca de nuevo.

La Corte Nacional de Justicia es la que falló a favor de Correa en el juicio contra el diario El Universo. Está integrada por 21 jueces y es el organismo que vino a reemplazar a la Corte Suprema de Justicia con la nueva constitución de 2008. “Desde 2011 –el fallo contra el diario es de 2012, recordemos–, un Consejo de la Judicatura integrado casi totalmente por ex funcionarios del gobierno del Presidente Rafael Correa ha nombrado y destituido a cientos de jueces aplicando métodos seriamente cuestionables”, denuncia Human Rights Watch. Es que, a merced de un nuevo referéndum para reformar la Constitución, Correa emprendió en 2011 una seria reforma judicial.

“En 2012, el Consejo de la Judicatura de Transición designó a la totalidad de los 21 miembros del más alto tribunal de Ecuador, la Corte Nacional de Justicia, así como a sus suplentes, aplicando para ello mecanismos que carecen de la objetividad y la transparencia exigidas por los estándares internacionales relativos a independencia judicial. Todos estos jueces aún se encuentran en funciones”, explica HWR.

En 2011, el asambleísta electo Cléver Jiménez pidió al Fiscal General de Ecuador que se investigara a Correa por la comisión de varios delitos, en el contexto de las revueltas policiales (una denuncia parecida a la del diario El Universo). El Fiscal General, Galo Chiriboga, consideró que no había base para iniciar la investigación. Chiriboga había sido el abogado personal de Correa durante su primer mandato.

Correa, como hizo con el periódico, denunció a Jiménez por calumnias e injurias. Jiménez fue sentenciado a 18 meses de prisión y al pago de 140 mil dólares y un pedido público de disculpas al mandatario. Luego de apelaciones, el caso llegó a la Sala Penal de la Corte Nacional de Justicia ecuatoriana (la que comentábamos en el párrafo anterior: la misma que falló contra el periódico El Universo), que confirmó la sentencia. El 21 de marzo pasado, la jueza Lucy Blacio, presidenta de la Sala Penal, emitió la boleta de encarcelamiento de Cléver Jiménez, su asesor Fernando Villavicencio y el activista Carlos Figueroa, y ordenó la inmediata reparación integral a la víctima, el presidente Rafael Correa.

Es en este contexto (lo reconstruimos porque vale la pena, porque es alucinante que esto esté ocurriendo, que Correa haga estas cosas, y porque siempre se alude sencillamente a “los ataques a la libertad de expresión”, y la vaguedad del término conspira contra que nos lo tomemos en serio) que una universidad estatal argentina le da a Correa un premio a la libertad de expresión, el Rodolfo Walsh (ya el nombre no augura nada bueno, es cierto, tratándose de un premio a la libertad de opinión y no, supongamos, de un concurso de cuentos policiales). Siniestro, sí. Pero no sorprende. También Chávez había recibido ese premio (y, en estos días, póstumo, Néstor Kirchner, y su viuda). Lo que sí sorprende es la moda, recientemente inaugurada, de defender, desde posiciones democráticas e ilustradas, la reforma educativa de Ecuador y al propio presidente, Rafael Correa, a quien se pinta como un hombre instruido, casi un erudito, un polímata, un fanático del desarrollo del espíritu, por haber estudiado en el exterior y tener un doctorado.

A los demócratas no populistas que defienden a Correa es como si pudiéramos leerles los labios mientras dicen: “Miren esta jaulita: hay un populista que sabe leer y encima entiende las reformas educativas de las que habla el Banco Interamericano de Desarrollo”. ¿Otra versión de la teoría del buen salvaje?

“Si educa, no puede ser tan malo”: falso. Quizás Alfonsín no tuviera razón al decir: “Con la democracia se come, se cura y se educa”, pero menos razón tiene quien sostiene que con la educación se democratiza. Con la educación, en todo caso, se fortalece la democracia, si ella existe.

No puede fetichizarse la educación, como no puede fetichizarse la economía, y suponer que están por fuera del resto de la vida social. Es curioso: las personas que más defienden el papel de la educación en el éxito social y en el combate contra la injusticia y, aun más, contra la inseguridad, olvidan por un rato que el país al que están defendiendo por sus logros educativos es un régimen autoritario repleto de presos políticos y juicios contra periodistas.

¿De qué vale la educación de un chico que llega a la casa y no puede leer el diario que quiere o manifestar libremente lo que piensa? La educación para ser democrática tiene que educar en la democracia. Tiene que transmitir esos valores típicamente liberales como el de la libertad de opinión, el respeto al que no piensa como uno o la atención de las minorías. Singapur tiene resultados en PISA muy superiores a los de Uruguay. ¿Eso demuestra que es una nación más democrática que Uruguay? No parece ser el caso según ningún indicador mundial de derechos humanos.

Si un país no cumple con los requisitos de la poliarquía de Dahl, entonces hay que extremar las precauciones cuando se habla de él. Según Dahl, los ciudadanos deben tener la posibilidad de: formular sus preferencias; expresárselas a los demás y al gobierno mediante la acción individual o colectiva; que ellas sean consideradas sin discriminación por su contenido o su origen. El Estado debe garantizar la libertad de asociación y de organización, la libertad de pensamiento y expresión, la existencia de fuentes de información accesibles, etcétera. Son todas obviedades, pero en muchos países, como la Argentina o, peor aún, el Ecuador, no se cumplen. La larga introducción a este artículo quiere mostrar eso. No hay mucha discusión: si una corte suprema condena a un líder opositor a la cárcel, a pagarle al presidente y a un pedido de disculpas público, ¿cuánto más hay que complejizar?

Desde esta perspectiva, es delirante lo que un documento del BID dice sobre Ecuador: “Por último, la inversión del Gobierno ecuatoriano en la juventud promoverá la innovación y el crecimiento de la clase media”. Uno de los primeros puntos del “contrato social” de la clase media con el Estado es el de las libertades individuales, inclusive desde una noción tan descarnada como la de: “Déjenme trabajar y progresar en paz”. ¿Cómo se concilia el populismo con eso? ¿De verdad se imaginan una sociedad de clase media feliz y conforme con buenos servicios públicos de salud o de educación pero sin libertades públicas? ¿En qué está pensando un liberal consecuente como Iván Petrella cuando escribe esto?

La nota es del 17 de abril de 2014. Allí dice Petrella: “El gobierno ecuatoriano está decidido a dar los pasos necesarios para que sus alumnos puedan alcanzar una educación a la altura de las mejores”. ¿Cómo podría ser una de las mejores una educación en la que no hay libre acceso a la información? ¿Qué clase de concepción absolutamente técnica y antihumanista del hecho educativo sustenta esa posición?

Imaginemos que Correa le declara la guerra a los Estados Unidos por alguna razón. Es casi inconcebible, sí, pero también lo era la guerra de Malvinas. Declarada esa guerra, sería verosímil, vistos los antecedentes, que el gobierno ecuatoriano prohibiera la lectura de cualquier texto escrito por un estadounidense, o que se escuchara rock americano. En ese caso, ¿la educación sería todavía una de las mejores del mundo? ¿Cuál es el límite del veredicto?

Petrella se entusiasma cuando Correa “no escatima palabras en criticar a los ‘partidos de extrema izquierda, que arrasaron con la educación de este país, que no alcanzaban a lanzar ideas, sino tan solo a lanzar piedras, y destrozaron la calidad académica’”, pero no tiene en cuenta que aquellos partidos para cuya crítica Correa no escatima palabras son los mismos que tienen, en muchos casos, a sus dirigentes tras las rejas o en medio de algún proceso penal todavía no resuelto. Luego dice: “Con relación a los docentes, la constitución de 2008 prohibió los paros en las escuelas públicas”, pero se olvida de aclarar –en el contexto de una nota profundamente valorativa– si eso le parece bien o mal, o de reflexionar acerca de si esa medida está o no inserta en un contexto general de represión a las manifestaciones políticas. Esta ceguera voluntaria nos presta el mejor ejemplo de la ilegitimidad profunda en que se incurre al escindir la educación del resto del mundo de la vida. Una medida discutible como la prohibición de los paros en las escuelas públicas puede inclinarnos hacia un lado si se la toma en Finlandia, pero hacia otro completamente distinto si se la toma en Ecuador.

Menos de un mes antes de la nota de Petrella, Luciana Vázquez había publicado otra, también en La Nación, titulada: “El único presidente latinoamericano con doctorado”. Vázquez dice: “No estoy diciendo que los políticos con título universitario son mejores, más inteligentes o más éticos que los que no tienen ningún título”. Pero entonces no se entiende qué es lo que sí está diciendo, porque unos renglones más tarde explica: “El valor de los títulos de posgrado se concibe no solo por el conocimiento que aportan sino por su carácter de ‘señales’: carteles de neón que le indican al mercado de trabajo que el dueño de una maestría o un doctorado es portador de una motivación que supera la media y de un carácter dispuesto a probarse, en principio, superando los obstáculos académicos. La teoría de las señalizaciones en educación lo viene explicando hace años. En esa línea, un presidente con doctorado –y si es en el exterior y entre los más exigentes, mejor– es una buena señal para una sociedad”.

Desde un punto de vista abstracto, digamos, la teoría bien puede ser improcedente: ¿por qué habría de aplicarse a una sociedad y su presidente algo que vale para el mercado de trabajo? Pero, amén de esas objeciones, lo que salta a la vista es nada más y nada menos que la realidad: ¿cómo podría ser bueno para la sociedad un presidente que anula las libertades civiles? Dice Vázquez: “¿Tiene algún efecto concreto en la vida cotidiana de una nación que su presidente no solo sea un graduado universitario sino que también se haya esforzado con una maestría y un doctorado en las universidades mejor rankeadas del mundo? Mi hipótesis es que sí”. En realidad, la hipótesis debería ser algo así: tener un doctorado en una de las mejores universidades del mundo no da ninguna garantía de que esa persona haya adquirido algunos de los valores a los que esa universidad propende. Correa hizo su maestría en la Universidad de Lovaina (Bélgica) y se doctoró en la Universidad de Illinois. Podemos suponer que en las dos priman la libertad de opinión, de manifestación, de agrupación, etcétera–, y aun así él detesta la democracia republicana. Quod erat demonstrandum.

Gustavo Grobocopatel salpimentó la nota de Petrella con este tuit: “La revolución educativa de Correa [link a LN]. Lo que a Sarmiento le llevó una década a Correa [le llevó] un año”. Mariano Narodowski le contestó: “Una reforma berreta y autoritaria. De paso que busque en Google ‘división de poderes’”.

La parte de la división de poderes ya la comentamos. Lo cierto es que lo que quisimos demostrar hasta este punto es esto: no hace falta estudiar de qué se trata la revolución educativa de Correa si se la implementa en un contexto autoritario. La contracara de que no estén permitidos los paros docentes, dijimos, es que en Ecuador hoy hay sindicalistas presos en fallos dictados por tribunales oficialistas. La educación no desarrolla la democracia donde no hay democracia. Al no existir en Ecuador un poder judicial independiente y al estar la prensa bajo amenaza, es absoluta, radicalmente imposible saber –y más desde tan lejos– qué clase de tropelías se estén cometiendo en nombre de fines elevados.

De todos modos los adjetivos elegidos por Narodowski son estimulantes. Veamos por qué los emplea.

Los documentos sobre la reforma educativa ecuatoriana reproducen completo el discurso de la corrección educativa: calidad, inclusión, diversidad, multilingüismo, transparencia, articular planes y niveles, deburocratizar el rol del ministerio, etcétera. En términos de enunciados, las reformas llevadas a cabo en la Argentina en las últimas décadas dicen lo mismo. La diferencia, en todo caso, está en la práctica. Por ejemplo: “descentralización” en la Argentina quiso decir que la nación se sacara de encima los problemas pasándoselos a las provincias, mientras que en Ecuador no sabemos si será el caso. De todos modos nos permitimos adelantar esta pregunta: ¿un régimen que centraliza las decisiones al punto de olvidarse de la división de poderes pondrá mucha voluntad en dar autonomía sólida y significativa a escuelas y directivos, como lo recomiendan las mejores experiencias educativas?

Otra diferencia: los documentos de apoyo a las reformas elaborados por el ministerio de educación ecuatoriano están muy bien. Por ejemplo, el documento del reordenamiento de la oferta: se lleva a cabo un análisis prolijo y documentado de la oferta de servicios educativos y de su demanda poblacional, y se propone un reordenamiento según esos criterios informados. Créase o no, no existe un documento así en la Argentina. En principio, visto desde lejos, parece lo opuesto de hacer escuelas al tuntún, o por razones políticas, para beneficiar a gobernadores amigos, que es lo que se ha hecho acá hasta ahora.

La reforma tiene algunos ejes centrales:

A) Reforma del secundario. Se unificaron orientaciones y criterios (cuando se hizo esto en la Ciudad de Buenos Aires ocurrió todo tipo de problemas, ante la desaparición, por ejemplo, del insólito título de “perito mercantil”) y quedó un Bachillerato Unificado (BU) para los chicos que terminaran la educación general básica. El BU ofrece una orientación técnica o una en ciencias. Además, incluye una opción de Bachillerato Internacional. Uno de los objetivos del Plan Decenal de Educación 2006-2015 es alcanzar un 75% de cobertura en el nivel secundario (el realismo es valorable; en la Argentina el mismo documento diría algo así: “Alcanzaremos el 110% de cobertura en el nivel secundario”).

En la página 2 del Plan Decenal está el Himno Ecuatoriano. En la 4, la foto de un sonriente Correa con un epígrafe al tono: “Mi sueño, desde la humildad de mi Patria morena, es ver un país sin miseria, sin niños en la calle, una Patria sin opulencia, pero digna y feliz”. De nuevo: ¿es la felicidad posible sin libertades civiles? Por cierto: en las 40 páginas del documento del Plan, la palabra “libertad” aparece una sola vez, al nombrar al “Colegio Nacional La Libertad” de Las Guayas. “Patria”: 11 veces. “Inclusión”: cinco veces. Parece solemne y banal la observación, pero en realidad no lo es: la ausencia del término “libertad” en un documento que incluye declaraciones de principios, objetivos y logros de la reforma, con un gobierno autoritario en el poder, es muy expresiva.

B) Reforma universitaria: lo más relevante parecer ser la introducción de un examen de ingreso. Se supone que la prueba no mide determinados conocimientos, sino la capacidad de aprender (no sabemos cómo se medirá eso en Ecuador, pero suena bastante inclusivo). Además: evaluaciones de calidad por institución y cierre de las desaprobadas. La reforma universitaria empezó en el 2009, con una evaluación de las 71 universidades del país, a las que se calificó de la A a la E. Para 2017, todos los profesores universitarios tienen que tener al menos maestría. Esta cita de Correa es bastante surrealista para el populismo latinoamericano: “La estrategia es hacer que las universidades sean más selectivas porque, al menos en el corto plazo, el país no tiene los recursos para ampliar grandemente su capacidad en términos de la cantidad de universidades”. Pero más surrealista todavía es pensar que el poder político no va a tener ninguna injerencia en el cierre de las universidades que reciban la calificación E, y que eso solo estará determinado por motivos académicos. Precisamente: como en Ecuador no hay poder judicial es imposible tener ninguna garantía respecto de la justicia de esas clausuras.

C) Evaluaciones docentes y carrera docente: este es el centro de toda la “revolución educativa” de Correa. En primer lugar, por la selección de docentes. La entrada a la carrera se volvió muy exigente, se ofreció a los docentes en actividad un conjunto de facilidades para el retiro voluntario, la formación se hizo universitaria, etcétera. A los que sacan más de 800 puntos en el examen de ingreso del sistema universitario (el máximo es 1000) se les da una beca completa si hacen la carrera de maestros. Se jerarquizaron los salarios y se ofrece estabilidad con nombramientos fijos, y los ascensos son solo por resultados de evaluaciones y no por antigüedad. Básicamente, todo lo que debe hacerse en términos de evaluación docente: encontrar un equilibrio entre el bienestar de los maestros y el de los alumnos que reciben sus clases.

Perfecto, comprendimos: la reforma educativa tendrá en su centro la jerarquización, la profesionalización y la autonomía de los docentes o no será. Ahora bien: los docentes capaces de transformar a un sistema educativo anquilosado e ineficiente deben ser profesionales autónomos, creativos, capaces de detectar tempranamente problemas de los alumnos, formados para enfrentar adecuadamente las dificultades de cada quien, imaginativos para estimular la creatividad de adolescentes tan complicados como todo adolescente, capacitados para transformarse en líderes que puedan entusiasmar a su equipo si les toca convertirse en directivos de establecimientos escolares también autónomos y proactivos.

Lo que no se entiende es a través de qué pases mágicos es posible promover la existencia de estos profesionales independientes, creativos y autárquicos en un contexto de tal verticalidad y tal autoritarismo que un presidente puede acallar a un periodista que lo critica y un juez ordenar además que ese periodista le pague una multa de miles de dólares al presidente ofendido. ¿Será Correa del Norte el presidente que no permita voces disidentes pero garantice oasis de creación y libertad de la puerta de las escuelas para adentro? ¿Correa del Norte en las calles, en los juzgados y en los medios pero Finlandia en las aulas? Suena extraño, y permítasenos sospechar que no sucederá (si sucediera, de hecho, los chicos concentrarían todos sus esfuerzos en repetir perpetuamente y no recibirse, para no abandonar sus pequeñas escuelas-Finlandia).

La repentina fascinación por las reformas ecuatorianas nos condena a un loop demencial:

  1. Los progresismos educativos nuestramericanos nos desesperaron repitiendo que enseñar las propiedades de los logaritmos era responder a intereses del Imperio y que solo contaba el pensamiento crítico que liberara el espíritu y formara para la revolución.
  2. Reaccionamos, razonablemente, ansiando con locura una educación que enseñara las propiedades de los logaritmos.
  3. Nos volvemos testigos de personas de bien que, con una imprudencia alucinante, apoyan las reformas de un dictador en tanto y en cuanto garanticen el correcto aprendizaje de las propiedades de los logaritmos.
  4. Nos vemos entonces en la necesidad de señalar algo obvio: aprender las propiedades de los logaritmos mientras nos patean la cabeza o nos mandan a prisión por no simpatizar con el señor presidente no contribuye especialmente a la autonomía personal, no conduce demasiado a una sociedad deseable y, en fin, no está bien.

Verdaderamente: ¿es necesario volver a señalar que el objetivo de la educación es ayudar a que las personas sean más creativas, más independientes, puedan y quieran pensar por sí mismas e individualmente y sean, en suma, libres? Se produce una extraña paradoja. Pareciera que el afán de la complejidad, de no ser drásticos, de no querer quedar del lado de los fanáticos, etcétera, en lugar de estimular el pensamiento, lo bloquea. Así es como algo tan eminentemente consustanciado con la vida ciudadana como la educación puede interpretarse como separado del resto del mundo y puede decirse que es buena la educación que provee un gobierno autoritario. Como si se estuviera elogiando la marca estatal de tractores ecuatorianos, cuando se está hablando, en realidad, del bienestar físico y espiritual de padres y de alumnos; es decir, del presente y, tratándose del tema que se trata, del futuro de adultos, adolescentes y niños.




A todos nos cuesta salir
Martín Wilson
5 days ago

No compré pescado. Pensé que si todos compraban pescado el mismo día tal vez iba a ser mejor esperar y comprar pescado durante la semana. Comí pastas al mediodía y voy a comer pastas por la noche con la misma salsa que parece sangre de mentira. Voy a tomar vino. Un Bianchi Malbec, pero no el que ganó el premio al mejor Malbec del mundo; uno que ni se presentó. Muchas veces pienso qué haría una persona pobre en mi lugar. Estoy convencido de que un tipo pobre se las ingenia siempre mejor. Un tipo pobre tiene menos opciones y no duda tanto y si bien no produce la literatura que queremos leer crea soluciones más prácticas, otras formas de entretenimiento. Es fácil pensar qué haría una persona pobre sin serlo; puede parecer injusto también. No conozco nada justo. Generar cosas, objetos, comidas e ideas viene del vacío, de la carencia. Allá o acá, donde no hay nada, de repente hay algo: abracadabra.

Pero cuando están solos, ¿cómo hacen los pobres? Eso me pregunto muchas veces. Pienso en la vida de los otros, entro a Facebook para salir de la pobreza, pero hablo de otro tipo de pobreza. Todos entramos a Facebook, al Miami de las redes. Muchos no quieren admitir que pasaron por Miami pero pasan y compran. Los cubanos también quieren entrar en esa red social y como son pobres no saben nadar. No saben nadar porque son pobres pero se mandan al mar como pueden, en balsas hechas vaya a saber uno con qué. Para salir de la pobreza, Cocodrilo Dundee se abrazó a los cocodrilos y le costó salir de su habitat.

El padre de un amigo inventó el kanikama, el chorizo de los crustáceos. Una temporada de pascuas le regalé un eslogan: no es pecado comer pescado. Me pagó con moluscos y un salmón.

No creo que todos los Viernes Santos sean iguales. Miro la ropa dar vueltas y vueltas, la camisa blanca se abraza con la negra, las medias se entrelazan unas a otras, los pantalones se doblan, la camiseta con la cara de Eric Cantona se fue para atrás y aparecen los shorts de Boca y un logo de Lacoste viejo. Es una chomba vieja. La máquina de lavar es de mi vecina y hace ruido. Ella también hace ruido cuando coge con los tipos que trae, pero no es un ruido grave.

Mi vecina está convencida de que soy un tipo feliz; así evita que le cuente algún quilombo. Y me deja las llaves de la casa cada vez que se va de vacaciones. Solo tengo que darle de comer al siamés. Pero me quedo un rato más porque su llave es una oportunidad para ver el mundo y las cosas desde otra perspectiva. Duermo la siesta en su sofá. Veo tele horas. Riego sus plantas. Juego con el siamés. Fumo un cigarrillo desde su ventana que da a la mía. Miro el atardecer. A la noche si vuelvo repito la escena y miro la luna, fumo otro cigarrillo y me abro una cerveza que no era para mí.

Pienso en palabras que parecen chistes: Namasté, mi alma honra tu alma, honro la luz, el amor, la verdad, la belleza y la velleza, la paz y las papafritas porque están adentro mío y las comparto. Hace años le dije al dueño del bar para el que trabajaba que el cliente no siempre tenía razón, que en realidad casi nunca tenía razón.

—Vos tampoco—, me dijo.

Voy al supermercado chino a comprar unas cervezas para reponer en la heladera de mi vecina y para mí. El carnicero —es lo más occidental del lugar— está solo al fondo, atrapado en un universo extraño. Hace años que está atrapado ahí y no puede salir.

A mí me cuesta salir de noche. Hay un jogging que no me abraza, me hace la llave de Mr. Moto, me inmoviliza.




3 days ago

By @hassanibal



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