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El análogo
Eugenio Monjeau
6 days ago

Ayer fue el estreno del Diálogo, de Pablo Racioppi y Carolina Azzi, en el Bafici. La película consiste en una hora y media de charla entre Graciela Fernández Meijide y Héctor Leis. Leis vive en Florianópolis. Hacia allí se trasladaron Fernández Meijide y el equipo de producción para filmar la película, porque él está en silla de ruedas, víctima de una grave enfermedad degenerativa (sobre la que se explaya en su último libro, Memorias en fuga, condenado en la Argentina al silencio más insoportable).

El libro anterior de Leis, su Testamento, fue publicado en este sitio por entregas, y luego como libro por la editorial Katz de Buenos Aires. La mayoría de las cosas que Leis dice en la película ya estaban en alguno de esos dos libros. Algunas son realmente geniales, y el hecho de verlas en cámara, dichas por él mismo, las vuelve todavía más reveladoras. Por ejemplo:

1) La Argentina está fabricándose el más insólito y terrible de los problemas: está transformando a los antiguos verdugos, a los perpetradores de los crímenes más aberrantes, a los militares como Videla, en víctimas. Videla debería haber muerto en su casa, dice Leis. Murió solo, en la cárcel. Fernández Meijide (que tiene un hijo desaparecido, Pablo) piensa lo mismo: ningún mayor de 70 años debería estar privado de atención médica y de la compañía de su familia, si la tiene. Con un policía en la puerta, como indica el arresto domiciliario (cuya reglamentación en la Argentina, recordamos, indica que la edad es una “condición objetiva del sujeto” y no requiere mayor interpretación). En fin: la transmutación del peor criminal en una víctima es algo innecesario, de consecuencias nefastas, y que podría evitarse más o menos fácilmente.

2) La diferencia de responsabilidad entre las cúpulas y las bases es algo obvio, indiscutible; su negación es contraintuitiva. Leis hace referencia a un movimiento doble: en la Argentina, la culpabilidad de las cúpulas militares sirvió para condenar también a las bases, mientras que la inocencia de algunas de las víctimas sirvió para perdonar a las cúpulas montoneras. Como Firmenich era el jefe supremo de un grupo que incluyó a muchísimas víctimas, él se volvió una víctima; como Videla era el jefe supremo de un grupo que incluyó a muchísimos inocentes, ellos se volvieron culpables. Esto ya estaba dicho en uno de los mejores párrafos del Testamento:

Existe una fuerte dosis de cinismo cuando una sociedad juzga las acciones de un bando de acuerdo con un presupuesto y a las acciones del bando contrario de acuerdo con otro. En otras palabras: dos varas y dos medidas son la peor receta para hacer justicia, desde que nuestros ancestros salieron de las cavernas. Si hay amnistía, debe existir para todos; si hay juicios de responsabilidad individual, deben existir igualmente para todos. La memoria histórica que justifica la aplicación del paradigmamarxista-colectivista para disculpar a los revolucionarios y del liberal-individualista para culpar a los militares no es inocente: es intencionalmente perversa con la comunidad como un todo.

Leis también dice cosas que no me parecen estar tan justificadas. En particular, su insistencia en que los de la dictadura no fueron crímenes contra la humanidad. En su Testamento, Leis objeta la categoría misma de “crimen contra la humanidad”, pero en esta película dice, con absoluta sensatez, que reclutar menores de quince años, como hicieron los Montoneros, es un crimen de lesa humanidad. Estoy de acuerdo, pero si esto es cierto, también lo es, por ejemplo, respecto del robo de bebés (o del secuestro de menores, para el caso).

Las consecuencias de esa clasificación son importantes: los crímenes contra la humanidad no prescriben; esa es la principal razón, en líneas generales, por la que hoy los militares están siendo juzgados. En el año 2003, apenas comenzado el gobierno de Néstor Kirchner, el Congreso de la Nación derogó las leyes de Obediencia Debida y Punto Final mediante una nueva ley. En el año 2005, la Suprema Corte de Justicia de la Nación refrendó esa derogación, en uno de los fallos más importantes de la historia judicial argentina. Como consecuencia de todo esto, la situación jurídica se retrotrajo al momento previo a la sanción de las llamadas “leyes del perdón”. Luego, en el año 2007 la Corte anuló uno de los indultos de Menem. La corte prosiguió con los demás indultos a los jefes y funcionarios militares involucrados en la represión ilegal. Para la Corte, los de los Montoneros, el ERP y los carapintadas no fueron, en cambio, crímenes de lesa humanidad, por lo cual no se anularon los indultos correspondientes.

Otra de las hipótesis polémicas de Leis es que el gobierno militar tuvo legitimidad para “hacer lo que hizo”, aunque lo haya hecho de la peor manera posible. Esto motivó las preguntas de algunos miembros del público cuando terminó la película. La respuesta de Racioppi fue clara y explicó un poco a Leis: dada la situación de guerra civil que se vivía en la Argentina entre 1973 y 1976 (un gobierno constitucional), el Estado argentino tenía legitimidad para buscar su propia estabilidad (en la Argentina, el golpe militar era la opción más evidente, después de que hubiera habido tantos otros). Dicho brevemente y de acuerdo a lo que dice Leis: mientras que los Montoneros no tuvieron legitimidad para tomar las armas contra un gobierno constitucional, el golpe militar tuvo legitimidad como tal, pero no, luego, para cometer todos los crímenes que cometió. Leis podría decirlo tan sucintamente como eso y no lo hace; es natural que en muchos produzca estupor.

Fernández Meijide relata una anécdota que pone en evidencia lo que la dictadura podría haber elegido hacer y no hizo: cuando los Montoneros estaban por llevar a cabo una de las dos contraofensivas, la Embajada de los Estados Unidos estaba al tanto de que eso iba a ocurrir, y de lo que planeaba hacer la dictadura al respecto (masacrar a todo el mundo). Los Estados Unidos le dijeron a la Argentina: “Oigan, ¿por qué no los agarran a todos, los juzgan públicamente por venir armados a hacer actos subversivos y los condenan?”. Eso, dice Fernández Meijide, hubiera sido no solo lo correcto, sino que además hubiera puesto a los organismos de derechos humanos en el aprieto gigante de tener que contratar abogados para defender a personas que estaban haciendo algo obviamente ilegal. Sin embargo, los militares no hicieron eso: siguieron adelante en la locura de la violencia. En el diagnóstico de que la violencia es imparable una vez comenzada coinciden Leis y Fernández Meijide.

Muchas otras ideas se conversan en la película. En un punto, esta película podría haber sido un libro o una entrevista larga. Pero El diálogo busca transmitir otra cosa además de ideas. La intensidad con que estas dos personas vivieron todo lo que pasó, con que lo pensaron luego y con que hoy pueden decirlo. Las escenas más duras de la película fueron para mí aquellas en que el plano estaba fijo en la cara de ellos dos conmovidos por algo que alguno de los dos había dicho o por alguna imagen o video que hubieran visto. La película recurre al inteligente dispositivo de que Leis y Fernández Meijide vean juntos distintos videos y digan lo que les viene a la mente a partir de eso. Nosotros, en cierta medida, vemos los videos con ellos. Podemos suponer, incluso, que nuestras reacciones se parecen.

Por ejemplo: inmediatamente después de haber mostrado el juicio a las juntas, de que Leis hubiera escuchado atentamente el relato de Fernández Meijide, presente en la sala, sobre su conmoción cuando un juez civil les ordena a los militares que se pongan de pie, Racioppi y Azzi los someten a ellos dos y a nosotros mismos a escuchar el discurso en el que Néstor Kirchner pidió disculpas por los veinte años de olvido respecto de los crímenes de la dictadura, como si el juicio que acabábamos de ver no hubiera existido. Esa yuxtaposición de imágenes y de discursos es una de las objeciones más drásticas, indiscutibles y enervantes que se hayan formulado jamás contra el kirchnerismo. Estar acompañados por Leis y Meijide a la hora de constatarlo no hace sino darle todavía más fuerza al pronunciamiento claramente político de los directores. Yo estaba esperando que Leis, el más provocador de los dos, largara un: “Qué tipo hijo de puta”, que es lo que el 90% de la sala debe haber dicho para sus adentros.

Es que es obvio: entre el público de ayer, seguramente hubiera muy pocos kirchneristas. Tengo la esperanza de que un material de esta naturaleza puede llegar a operar una conversión en mucha gente; pero creo que la gente que necesitaría esa conversión va a elegir, sabiamente, no ver la película. No sé cómo debe ser militar durante diez años en el kirchnerismo y después tener que ver a tu Líder Espiritual mintiendo de un modo tan descomunal sobre algo tan relevante.

Como sea, aun para los antikirchneristas, o para la gente que comparte la visión de Leis o de Meijide sobre la década del 70, la película es terapéutica. Salimos todos entendiendo un poco más sobre esa parte de la historia, pero también pensando que, después de todo, tan locos no estábamos cuando pretendíamos que los militares pudieran estudiar en la UBA o tuvieran el beneficio del arresto domicilario. Dentro del proyecto terapéutico general, ciertas escenas intermedias de pura naturaleza ayudan a soportar el transcurso de la película. En general, luego de una escena muy intensa, Racioppi y Azzi filman el mar o la luna, un bálsamo irremplazable. Por eso me parecieron buenos esos planos, porque hacen más vivible una película muy dura. Creo que la película es antes que nada un panfleto, si se puede usar este término para cuestiones tan complejas y sobrecogedoras, pero es el panfleto que yo repartiría.

Quizás, de hecho, en unos años haya que exihibir El diálogo en las escuelas secundarias. En ese sentido, me alegra que el gobierno de la ciudad haya decidido apoyar esta película, y haya promovido el libro de Leis también, cuando tuvo ocasión de hacerlo (nota al margen: conocí a Pablo Racioppi y Laura Alonso en el mismo momento, un día en que había una reunión de liberales en el Teatro Colón; estaba Mario Vargas Llosa, por ejemplo, después de unos simposios que habían hecho en Rosario. Yo estaba haciendo la prensa del Testamento; Alonso, fascinada con el libro, me dijo que tenía que dárselo a Racioppi, así que su buena gestión está en el origen de todo esto). Si el Estado nacional, el kirchnerismo, defiende una visión tan espantosa de lo que pasó en los 70, está bien que una fuerza que se pretende opositora defienda una visión distinta (superior). La oposición tiene que dejar de hacerse la pelotuda en la llamada “batalla cultural”. La legislatura de la Ciudad votó por unanimidad que la calle Inglaterra pasara a llamarse 2 de abril. ¿De los 60 legisladores nadie pensó que esto estaba mal? Obviamente sí, y no lo dijo. Esto tiene que cambiar. Espero que esta película sea uno de los primeros pasos en esta dirección.

En el contexto de esta disputa irrenunciable, el título de la película no es bueno. En la película se ve a dos personas que están de acuerdo en el 90% de las cosas que dicen. Seguramente, luego de una semana de charlas, debe haber habido muchos más desacuerdos que los que están en pantalla, y es una pena no conocerlos, pero lo cierto es que no podría existir esta película si uno hubiera sido Leis y el otro Eduardo Jozami, que dijo que el 24 de marzo de 2003 fue el día más significativo de toda su vida política. Como si lo que faltara es diálogo con el kirchnerismo. Falta todo lo contrario. Falta oposición. Faltan más películas como esta. La idea de que fallamos en el diálogo iguala en responsabilidades a las dos personas que deberían dialogar y no lo están haciendo. ¿Qué diálogo es posible con este gobierno? Hay una parte aquí que tiene todo el poder y que debería habilitar las condiciones para ese diálogo mientras hace todo lo contrario. Las falencias de la oposición o de quien sea se vuelven completamente irrelevantes ante esa determinación estatal a que haya una sola voz.

En el estreno ayer estaban varias figuras de primera línea del macrismo, como Lombardi, Dietrich, Alonso y Michetti. Lombardi habló, dos veces, antes de la película, para presentarla, y después, para hacer un breve comentario. Michetti también habló. No debería haberlo hecho. No porque dijera una cantidad insuperable de banalidades (cosa que hizo), sino porque su alocución transformó una película que podemos entender como parte de una política cultural de Estado en, al menos por un momento, un acto partidario. Nada de lo que dijo fue interesante, ni ocupa ninguna posición que la acerque naturalmente a hablar después de una película como esta. Debería, por pudor al menos, haberse abstenido. No hacerlo es, finalmente, una versión, mucho más morigerada pero también molesta, de algo que Leis, Fernández Meijide, la película, sus directores, el Bafici mismo combaten: el uso de de la historia reciente para saciar apetitos políticos.




Bataille o la maldad de lo banal
Aarón de Anchorena
6 days ago

Hoy 10 de abril se cumplen 99 años de la ejecución de Fu Chu Li, un soldado condenado por el asesinato de un príncipe mongol en Beijing. Por aquellos días en China el magnicidio (al igual que el parricidio y el matricidio) aún se pagaba con la más severa de las penas: la muerte por lingchi. Fu Chi Li fue condenado al lingchi y ejecutado en el mercado de frutas y verduras de Beijing frente a una turba de curiosos que observaron en silencio la liturgia de esta proverbial punición. Entre ellos había algún que otro turista europeo. Alguien sacó fotos y, al poco tiempo, occidente fue testigo ocular de horrores propios de tiempos pasados. El lingchi, o “muerte por mil cortes”, fue abolido poco tiempo después de la ejecución de Fu Chu Li pero quedaron las fotos, contundente testimonio de las costumbres aberrantes de un pueblo milenario y misterioso.

Será mejor que explique en qué consistía este flagelo atroz para que el buen lector decida si busca o no las fotos en Google (están en Google, por supuesto, pero queden avisados: son muy feas). Se trataba de algo tan simple como aterrador: el condenado era atado a un poste y cortado en pedazos. El verdugo comenzaba rebanando gruesos trozos de carne de los pectorales, los muslos y los bíceps, para luego amputar manos, brazos, pies, pantorrillas, piernas y, finalmente, la cabeza. En ocasiones la familia del condenado sobornaba al verdugo para que apuñalase en el corazón al pobre infeliz antes de darse a la faena. Era también común que se le administrase opio para prevenir alaridos y estertores que entorpeciesen la ejecución. Las fotos de Fu Chu Li, convertidas en postales por el morbo europeo, lo muestran mirando al cielo con ojos alucinados y cráteres bestiales en su pecho y en sus muslos. Estas fotos escandalizaron a muchos europeos civilizados, pero también hicieron las delicias de varios, entre ellos del infame erotófilo y tanatófilo galo Georges Bataille.

En primer lugar hay que aclarar que Bataille confunde la identidad del condenado y se refiere a Fu Chu Li cuando la foto que incluye en su último y penoso opus, Las lágrimas de eros, es de otro condenado a lingchi. Pero luego, con pasmosa miopía intelectual, Bataille (que, entre otras cosas, arruinó lo que podría haber sido un gran libro sobre el proceso de Gilles de Rais) propone una lectura estetizante de la foto y sostiene que el éxtasis opiáceo que experimenta Fu Chu Li mientras lo cortan en pedazos es un poderoso recordatorio de la afinidad que existe entre la muerte y el erotismo. Entre la torpe equivocación de la identidad del mártir y la lectura de la foto, tan banal como incorrecta, Bataille estropea una ocasión –ya que no para condolerse– para reflexionar, al menos, sobre la naturaleza de los testimonios visuales de la destrucción del cuerpo. El misterioso encanto de artes visuales como la fotografía y su primo menor, el cine, que capturan la realidad en tanto tal, radica precisamente en su contundencia. La imagen se impone y, al hacerlo, revela una realidad insospechada que ofrece testimonio, como un testigo en un juicio, de manera impostergable y categórica. Las imágenes de sufrimiento profundo, las imágenes de tortura, las escenas de muerte y destrucción son particularmente imponentes porque nos recuerdan sin tapujos que el cuerpo que habitamos con prestancia y con orgullo no es más que un aglomerado de pedazos de carne, divisible, doliente y perecedero.

En épocas pasadas estos recordatorios, el famoso memento mori, estaban a la orden del día. Los monjes medievales se rodeaban de las calaveras de sus predecesores decoradas con el siguiente mantra: “Un día fui lo que eres tú. Un día serás lo que soy yo”. Desde la antigüedad y hasta bien entrado el siglo de las luces, las ejecuciones y los castigos corporales eran espectáculos públicos, y la enfermedad, una realidad cotidiana y ubicua. El hombre común de la era premoderna estaba expuesto constantemente a gente agonizante, tullida, deformada por la viruela o por la peste, y veía con regularidad reos colgados de los patíbulos, o destazados, desollados, decapitados. Las ejecuciones convocaban masas de curiosos. Cuando Carlos I de Inglaterra subió al cadalso en 1649, el gentío era tal que muchos se desmayaban por falta de aire. Pero todo esto cambió con la modernidad, los derechos universales del hombre, la abolición de la pena de muerte en casi todo el mundo civilizado, cuando hospitales, asilos y prisiones escondieron el espectáculo del sufrimiento y del castigo para siempre. Michel Foucault estudió todo esto con rigor e inteligencia.

Hace ya muchas generaciones que los occidentales vivimos resguardados de la visión de lo terrible. Las penurias de la enfermedad se esconden en el limbo antiséptico de los hospitales; imágenes de otros horrores como crímenes, guerras y masacres suelen ser objeto de severa censura en los medios. Aunque el boom de Internet haya vuelto las imágenes de lo terrible mucho más accesibles, el exponerse a ellas o no depende de una decisión personal: el horror no se nos impone. No estoy sugiriendo que estar acostumbrado a ver imágenes de horrores extremos templa el carácter al recordarnos que somos mortales. No me consta que el hombre antiguo, medieval, renacentista fuese más espiritual por estar acostumbrado a ver gente deshaciéndose de viruela por la calle, gente carcomida por la peste, criminales desmembrados en la plaza pública y cabezas en picas a la entrada de las ciudades. Pero tampoco creo que exponerse a ese tipo de imágenes haga daño o sea la expresión de una depravación moral. Evidentemente hay algo primordial y urgente en el ser humano que lo atrae como un imán al espectáculo grotesco de la aniquilación del cuerpo. La sed de imágenes de atrocidades reales es enorme y sitios web como rotten.com o lovelydisgrace.com (no les recomiendo aventurarse en estas páginas y, si lo hacen, lasciate ogni speranza voi ch’entrate) y otros, por no mencionar espantos como el snuff, abundan y reciben miles y miles de visitas diarias.

Hace poco un amigo me mandó un video de los Zetas decapitando y mutilando a un hombre. A sabiendas de que me produciría profunda revulsión, movido por un impulso que oscila entre la curiosidad y el masoquismo, lo vi. La víctima, un hombre de unos 30 años, estaba atado a una silla y, como Fu Chu Li, visiblemente drogado. El verdugo lo insultaba y luego procedía a cortarle los dedos, las manos y, finalmente, la cabeza. Era evidente que el hombre apenas sentía dolor (o al menos eso preferí creer), pues no se movía ni gritaba. Todo duraba unos pocos minutos, como las ejecuciones por lingchi, que solían tomar entre 5 y 7 minutos. La escena carecía de toda belleza y de todo erotismo. El horror en el arte puede laminarse de belleza, puede confundirse con lo sublime, puede habitar el ámbito de lo alegórico: se abre a distintas lecturas. El horror real no. Su brutal simplicidad y literalidad simplemente revelan que las personas somos cuerpos, aglomeraciones de partes, que alguien munido de los instrumentos justos, puede separar y/o destruir en escasos minutos. Revelación instructiva, sí, pero decididamente prosaica y salvaje. Acaso la curiosidad que sentía el asistente al circo romano o a las ejecuciones públicas, o la que siente el internauta que navega por sitios como mundonarco.com (inefable) no sea más que la necesidad imperiosa de confirmar una y otra vez con incredulidad algo que nuestra naturaleza más básica e intuitiva ya comprende: que somos cuerpos divisibles y perecederos. Frente a imágenes tales no hay necesidad de palabras. Una foto de Fu Chu Li vale más que mil, diez mil, ochocientas mil palabras. Sobre todo si estas palabras las escribe alguien para quien ellas valen poco y nada, alguien que puede verdaderamente sentenciar que hay gran erotismo en las imágenes de un torturado; alguien, en fin, como Georges Bataille.




El Imperio del Bien
Eugenio Monjeau
12 days ago

En una columna del 15 de marzo en Perfil, Gustavo Grobocopatel relata su experiencia como integrante de la comitiva por el diálogo interreligioso que recorría Europa y Medio Oriente en esos días. Describe vívidamente la experiencia del shabat y especula sobre cómo afectará a sus compañeros de viaje, entre los que se cuentan judíos, cristianos y musulmanes. La comitiva viene de algún modo a preparar el terreno para la visita que el Papa ofrecerá en mayo.

Luego del relato y el testimonio de orden más personal, Grobocopatel se lanza a algunas especulaciones más conceptuales sobre el conflicto árabe-israelí. Pero, obnubilado por el fervor de las buenas intenciones (la paz para la región), se equivoca sistemáticamente en el diagnóstico del problema y en sus posibles tratamientos. Comienza por referirse a la “histórica confraternidad entre los dos pueblos, solo alterada los últimos setenta años luego de la creación del Estado de Israel”.

¿Todo estaba bien entre los árabes y los judíos en la región hasta el 14 de mayo de 1948? Cerca de un millón de judíos tuvieron que abandonar sus países de origen en el mundo árabe entre 1940 y la creación del Estado para evitar persecuciones y pogromos.

Los judíos tenían el estatus de dhimmi en el mundo árabe medieval. Esto equivalía a que se les reconocieran ciertos derechos como minorías, protegidas como tales (el derecho a tener sus propia organización religiosa), y se los privara de otros (derechos políticos). Hay un acuerdo generalizado entre los especialistas respecto de que, pese ese estatus de “ciudadanos de segunda”, hasta el siglo XIX los judíos estaban mejor allí que en la Europa cristiana. Sin embargo, también en esas latitudes los judíos tuvieron que enfrentarse con limpiezas étnicas, conversiones forzadas (so pena de muerte) o la destrucción de sus templos.

Más cerca en el tiempo, en 1840, en Damasco, Siria, ocho judíos fueron acusados falsamente de asesinar a un monje cristiano. Los encarcelaron y los torturaron. Algunos murieron, otros fueron obligados a convertirse al Islam. La grey musulmana de Damasco destruyó la sinagoga del barrio de Jobar. En 1910 pasó algo parecido en Irán. Los judíos de la ciudad de Shiraz fueron acusados en su conjunto de haber asesinado a una niña musulmana. El barrio judío fue arrasado. 12 judíos murieron y 50 resultaron heridos. Son distintas modulaciones del llamado “libelo de sangre”, por el cual se acusa a cierto grupo judío de cometer asesinatos rituales de personas inocentes.

Difícilmente pueda hablarse de confraternidad; y más difícilmente aun pueda decirse que ella se terminó recién con la creación del Estado de Israel. En 1936 y 1939 hubo varias manifestaciones árabes, de intensidad variable, contra la inmigración judía hacia Palestina. Ya en 1908 se había fundado el diario al-Karmil para combatir a los pioneros sionistas. No hubo año, de hecho, entre 1920 y 1948, en que no hubiera muertos israelíes o árabes en el Mandato Británico en Palestina. Un solo ejemplo: en los disturbios de Jaffa de 1921, murieron, en tan solo una semana, 45 judíos y 48 árabes, y otros cientos resultaron heridos.

Amin al-Husayini, mufti de Jerusalén desde 1921, fue nazi. Transmitió proclamas hitlerianas por radio en idioma árabe. Se reunió con Hitler, con Eichmann y con Himmler y visitó varios campos de concentración. En 1943 dijo: “Tenemos el deber de expulsar a todos los judíos de los países árabes y musulmanes. Alemania también está luchando contra nuestro enemigo común, que oprime a los árabes y a los musulmanes en sus diferentes países. Ha identificado muy claramente a los judíos por lo que son y resuelto que ha de encontrar una solución final para el peligro judío, que eliminará la escoria que los judíos representan en el mundo”. Actualmente, se sospecha que el Mufti promovió la deportación a los campos de concentración de Polonia de 400.000 judíos húngaros que estaban por exiliarse a Palestina.

También fueron usuales los actos de terrorismo sionista contra objetivos árabes. Son conocidos dos atentados del grupo paramilitar Irgun: el 22 de julio de 1946 una bomba en el Hotel Rey David mató a 91 personas e hirió a 46. El 9 de abril de 1948 tuvo lugar la masacre de Deir Yassin, un poblado árabe en las cercanías de Jerusalén. Milicianos de Irgun asesinaron a 107 personas e hirieron a otras tantas (mujeres y niños incluidos). Algunos otros fueron capturados y se los hizo desfilar por Jerusalén Occidental, para matarlos después.

Como sea: siglos de conflicto, con valles y picos, recrudecido en líneas generales del siglo XIX en adelante. Que el Estado de Israel vino a romper la paz es algo que no resiste el menor análisis. Grobocopatel procede a una especie de desarrollo de este malentendido cuando afirma lo siguiente: “La idea israelí de tener un territorio bien demarcado, seguro, ‘amurallado’, no parece de estos tiempos, donde la globalización invita a la integración, los libres flujos de bienes, servicios y conocimientos”.

La muralla en un país, efectivamente, no parece de estos tiempos. Pero no lo parece para el Occidente más o menos democrático. Grobocopatel, sin quererlo (queriendo todo lo contrario), practica una suerte de imperialismo moral, por el cual supone que sus valores son los de todo el orbe (es una versión del Imperio del Bien del que habla Philippe Muray: “Ideal supremo: un mundo poblado de suecos socialdemócratas en celofán, plácidos, higiénicos, participativos y ecocompatibles”). No es así. No hace falta ser un realista despiadado como Henry Kissinger para advertir que si del otro lado de ese muro es común la práctica del terrorismo suicida, o si desde Gaza se disparan 20 misiles en un par días, entonces la consideración de “estos tiempos” pierde sentido. No debería sorprender a nadie que Israel acuda a soluciones que no son las de “estos tiempos”, sino las de los tiempos de otros.

De acuerdo a estadísticas oficiales del gobierno israelí, entre 2000 y julio de 2003 se llevaron a cabo 73 atentados suicidas desde Cisjordania, que acabaron con la vida de 293 israelíes e hirieron a casi dos mil. Entre agosto de 2003 (cuando comienza la construcción del muro) y 2006, hubo solo 12 ataques, que mataron a 64 israelíes e hirieron a 445. La cifra puede discutirse por su procedencia, pero es en cualquier caso muy expresiva. Cualquier reflexión debería ser subsidiaria de la protección estatal de la vida humana. (Que Grobocopatel incluya la seguridad del territorio como una pretensión que no es de estos tiempos lo tomo como una desliz. Si no lo hiciera, debería preguntarme, por ejemplo: ¿quién podría pretender que la Argentina fuera un territorio libre de narcotráfico, en estos tiempos?)

“La mejor manera de conocerse es haciendo negocios juntos”: peca de soberbia Grobocopatel al suponer que su actividad profesional (los negocios) resolverá el conflicto árabe-israelí. Daniel Barenboim tiene la prudencia de aclarar que la Orquesta del West-Eastern Divan no solucionará –“obviamente”, agrega– el conflicto árabe-israelí.

Las personas involucradas en el conflicto, las que lo padecen todos los días, tienen una visión más objetiva, más realista y –vaya paradoja– más distanciada que aquellas que están muy lejos y se imponen la responsabilidad de solucionarlo. Los árabes y los israelíes se conocen tanto como el que más. Viven juntos, de una manera extraña y fallida, desde hace siglos. Evidentemente, el problema pasa por otro lado. Aspirar a resolverlo, desde nuestra posición, es de una ingenuidad infinita; pero al menos podríamos esforzarnos –trabajo difícil, en un terreno donde campea, de la mano de la ideología, la desinformación más radical– por entenderlo.




39 days ago

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